¡ATAQUE DE KOALAS Y LLAMAS! (¿O ALPACAS?)

 

Todo encuentro con David Roas representa siempre un acto de atrevimiento hacia eventos fantásticos. Quien cruza los umbrales que el autor convoca, entra a mundos delirantes que se construyen desde el humor, lo insólito y las siempre sobrecogedoras (y hasta absurdas) formas de la realidad[1] que cuestionan la identidad personal y colectiva. Sé de antemano, al compartir estas líneas acerca de la lectura de dos trabajos de David Roas (La estrategia del koala y Bienvenidos a Incaland), que sus libros son difíciles de conseguir en México, pero sirvan las mismas como una invitación al viaje: en primer lugar al que el propio Roas nos convoca, en segundo término a acceder a las librerías o lugares fantásticos en que podrían hallarse y, también muy importante (si es que algún atento editor o distribuidor pasea sus ojos por este texto) a traerlos a nuestro país pues bien vale la pena. Dicho lo anterior, que comience la travesía.

 

La estrategia del koala presenta los recorridos, aventuras y desventuras de Marcos Fontana un escritor al que se le ha encomendado la tarea de escribir un libro acerca de los faros de Galicia (región que, además, conoció bien durante su juventud por ser la tierra que vio nacer a su madre). Motivado más por el pago que por el entusiasmo que pudiese causarle la encomienda, Marcos se lanza a un recorrido por las costas gallegas. No seré el primero en comentar que esta primera parte de la novela es algo así como una Road movie (Road fiction, me atrevería a llamarla), en la que el paisaje es el elemento fundamental de la narración pues todos lo acontecimientos y encuentros que ocurren no pueden darse si no fuera por el espacio que les desenvuelve. Silencioso y con una violencia contenida, con música de Tom Waits de fondo e incluso Lovecraftiano por momentos, el paisaje de La estrategia del koala se inserta (y renueva) en un grupo de obras como El corazón de las tinieblas de Conrad, Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Poe, La piel fría de Sánchez Piñol y por supuesto Las montañas de la locura y otras obras de Lovecraft, en las cuales la geografía adquiere un papel protagónico y no puramente ambiental. Recorrer el territorio gallego y perderse en sus paisajes es entonces no un mero extravío sino un llamado constante a lo sorpresivo:

Después de recorrer durante unos buenos diez minutos una pista de tierra que me destrozó los riñones, tuve que bajar del coche y continuar a pie. Cogí la cámara de fotos y a Fiz, que no protestó. Seguro que tenía ganas de volver a pasearse por un bosque.

Mientras caminaba, llegó hasta mí un grito pronunciado por varias voces humanas.

¡¡Sí, Sensei!!

No pude evitar dar un respingo. Seguro que había escuchado mal.

Entonces los vi, de pie junto al dolmen. Un grupo de tipos vestidos de ninjas. Sin saber por qué, me paré detrás de unas altas matas de tojo y espié lo que hacían. Iba a decirle a Fiz que estuviera calladito, pero me contuve.

Eran ocho y todos tenían ese aspecto típico mezcla de quinquis fanáticos del full contact y de poligoneros sin cerebro. Un par de coches tuneados aparcados junto al pobre dolmen no hubieran desentonado. En otra ocasión me hubiera echado a reír pero algo me dijo que era preferible no hacerlo. Mejor ocultarse detrás de los arbustos y espiar en silencio. Y estar preparado para echar a correr a la más minima.

El que tenía toda la pinta de sensei, empezó a hablar.

Por tanto os digo: conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo; en cien batallas, nunca saldrás derrotado. Si eres ignorante de tu enemigo pero te conoces a ti mismo, tus oportunidades de ganar o de perder son las mismas. Si eres ignorante de tu enemigo y de ti mismo, puedes estar seguro de ser derrotado en cada batalla.

¡¡Sí, Sensei!!

Instintivamente, busqué las cámaras. Aquello no podía ser real. Seguro estaban rodando una película. La segunda parte de La matanza caníbal de los gárrulos lisérgicos, esta vez con toque oriental. Cuánto daño ha hecho Tarantino.[2]

Sí, tal cual se lee, un grupo de Celtic ninjas hace acto de presencia en la novela y a través de ello Roas dejará constancia del sentido del humor que caracteriza su estilo. Siempre he creído que el humor tiene todo que ver con el “timing”, que no importa tanto qué se dice, sino que sea dicho en el momento oportuno. En el trabajo de Roas ocurre justo eso: los momentos plenos de humor son quiebres, pequeñas fracturas que mantienen la tensión y la atención en la trama y no por ello operan como meros distractores, sino que se integran con sutileza al todo del texto.

 

Mi aparición favorita es la de Fiz, el escarabajo rinoceronte que insistentemente “sigue” al protagonista. Su presencia en el automóvil da rienda suelta al viajero solitario. Fiz es el digno representante (y especie de amuleto) del agreste paisaje, pero es también el silencioso testigo de un recorrido que lleva a Marcos de sus recuerdos de infancia y adolescencia a la insólita realidad que lo confronta en su presente.  Y es que, al final, ese será el elemento central de La estrategia del koala, pues se trata de una novela en que la memoria se juega completa en la geografía: los cambios del territorio se dan no sólo en los lugares que con el paso de los años han cambiado, sino en el cómo esos tiempos y memorias operan en el protagonista. Esto ocurre al grado que desde ello se permite la aparición del fantasma mayor del texto: el abuelo muerto. El abuelo franquista cobra vida en el sepia envejecido de un conjunto de fotografías, en una novela que precipita su carrera al olvido  en el relato oral que se niega a dar sentido a una historia que ya no es ni familiar, ni nacional, sino humana. A partir de este recuerdo los tiempos de la novela coexisten, cohabitan ese espacio que entre faros, caminos intrincados y alucinaciones de orujo (el cual confieso estar bebiendo al momento de escribir estas líneas), abre rutas de descubrimiento. El viaje iniciático obliga así a enfrentar el exterior (posibilidad de no convertirse en aspirante a koala), el mundo que no está sólo en lo que se ha vivido, sino en los espacios que dan testimonio de que hubo vida antes de nosotros y que obligan a construir la historia a flor de piel.

 

…Y ahora: ¡Llamas (o alpacas) a mí!

 

Bienvenidos a Incaland es, para decirlo en mi mejor (y aún así pobre) castellano peninsular: “Completamente desternillante”[3]. El ruido y dificultades del tránsito limeño, el robo de la máquina de escribir de Mario Vargas Llosa y una siniestra persecución a manos de una niña y su llama (o alpaca) forman parte del itinerario del recorrido que hará David Roas en su texto. Antes de continuar creo necesario confesar que soy un lector muy constante de libros de viajes. Algo hay en el imaginario que despierta desde el recorrido de los otros en geografías desconocidas (pues por más que hayamos estado en los lugares a los cuales se nos hace referencia la experiencia nunca es idéntica. Aunque nos esmeros en imitarla en totalidad), lleva al deseo de movimiento, de abandonar el lugar propio no necesariamente porque sea desagradable u odioso (aunque a veces lo sea), sino por el ansia de vagar; y, por encima de todo, creo, el libro de viajes es una de las posibilidades supremas de experimentar el camino desde la mirada de la Otredad, el que está obligado a ser constantemente desde la renuncia a sí mismo, a encontrarse desde lo ajeno, lo que reta constantemente para obligar al encuentro y resistirse a ser un turista más, de esos que antes que arriesgar a de verdad estar en el lugar prefieren la pose para la foto, la que meramente demuestre que estuvieron ahí. Me parece pues, en primer lugar que Bienvenidos a Incaland, se inscribe de lleno en una tradición de textos que nos conducen a esa forma de ser el Otro que llamamos extranjería.

Confieso además que como lector mexicano (y estoy seguro le pasará a muchos lectores de latitudes hispanoamericanas), he casi muerto de risa al conocer las reacciones que el tráfico de nuestras grandes urbes o de los terremotos causaron en la voz narradora. Quien habita la ciudad de México, por ejemplo, no podrá evitar sonreír (y disgustarse, tal vez) ante retratos muy familiares:

La mecánica cuántica debería estudiar el tráfico de Lima, puesto que hay fenómenos en él que escapan a las leyes de la física convencional. Por <<efecto túnel>> se entiende la capacidad de una partícula de atravesar una barrera sólida aparentemente impenetrable. Algo así debe suceder, a tamaño macroscópico, en las calles de esta ciudad, pues es imposible que en el espacio finito que se extiende entre una acera y otra pueda encajar (el verbo <<caber>> se queda corto) tan inmensa cantidad de máquinas. Y no sólo eso, sino que estas encima puedan desplazarse.[4]

O bien…

(…) Pero enseguida has comprobado que era todo el edificio el que se movía. Instintivamente, has agarrado con las dos manos la mesa: ¿para frenar el meneo?, ¿para agarrarte y no caer al suelo?

Cuando han pasado los tres o cuatro largos segundos que ha durado el bamboleo, te has levantado como un resorte y lo primero que has hecho es asomarte por la ventana. Siete pisos más abajo, la gente caminaba como si nada hubiera ocurrido (una mujer sentada en un banco daba de comer a su bebé haciéndole carantoñas). Las combis seguían inalterables su curso arriba y abajo, con sus cobradores gritando el recorrido ¡Arequiparequiparequipa, todo Arequipa![5]

La cotidianidad se transforma así a través de la mirada del que la haya por primera vez (ese sutil momento en que la cotidianeidad se llama sorpresa), del que se ve seducido e impactado por sus formas de ser en la distancia.

 

Y lo que no puede faltar en un libro de David Roas es el encuentro con lo fantástico, con lo extraño, con lo inesperado: el sorprendente robo de la máquina de escribir de Mario Vargas Llosa deja al lector fantaseando con si dicho robo en verdad ocurrió y da un gusto mayor al leer esa imaginaria venganza del premio Nobel de 2010. Por supuesto no faltan las hermosas caídas bajo los influjos de Baco, esta vez en forma de cerveza Cusqueña. Luego viene un momento tremendamente Hitchcock cuando una niña que posa con su llama (o alpaca) a cambio de un dólar la foto comienza a perseguir incansablemente al protagonista-narrador luego de que éste le tomase una foto “a escondidas” y tratara de librarse del pago establecido por la infante. Miradas infantiles y llamescas (o alpaquescas) acechan en todos los rincones. Por supuesto, este viaje no estaría completo sin que Lovecraft haga su aparición, aquí gracias no sólo a ciertas atmósferas que acercan al país andino a las geografías imaginadas por el nativo de Providence, sino por cierta presencia del Necronomicón que Fernando Iwasaki (quien prologa el volumen) ve como verdadero motivo oculto del viaje de Roas al Perú. Más allá de planes ocultos, Bienvenidos a Incaland deja constancia de ese otro ser Primordial olvidado: “El dios-alpaca todavía sigue cabreado. O quizá sea culpa de la termodinámica”. Pero ya no duerme en su ciudad submarina, sino que cobra vida a cada página de Bienvenidos a Incaland.

 

En algún momento de su travesía, Marcos (el protagonista de La estrategia del koala) confiesa que suele visitar lugares movido por el embrujo de la ficción, y que suele desilusionarse en presencia del lugar real. Confieso que padezco el mismo mal y ambos trabajos de David Roas han sido una invitación al viaje, no sólo de las geografías en que se desarrollan (lugares en los que nunca he tenido oportunidad de estar), sino de la génesis de historias, de caminos posibles que a cada página se descubren.

En los trabajos no deja de salir al paso un tinte profundamente autobiográfico. De hecho, me resultó casi imposible leer los textos sin tener la voz de David en mente, pero ambos cumplen cabalmente la que creo es la dificultad mayor en los textos de esta clase: no dejar que la persona devore a los personajes. Y es que en el texto pesa una voz no individual, sino una voz única, pero también compartida, puesta, en fin, en el mundo. En La estrategia del koala y Bienvenidos a Incaland la geografía se conforma no por una biografía personal, sino por el carácter abarcador del encuentro y de las ansias de poner de nuevo un pie en el camino.

 

 

 

 

 

 

[1] Como la constante y mágica aparición de la habitación 201.

 

[2] Roas, David, La estrategia del koala, Editorial Candaya, Barcelona, 2013. P. 80.

 

[3] Dícese de aquello que es hilarante, de verdad gracioso, así en calidad de “Ay, no mames, cómo me hizo reír.

 

[4] Roas David, Bienvenidos a Incaland, Páginas de Espuma, Barcelona, 2014. P. 29.

 

[5] Ibidem. P. 49.

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