LA FLOR Y EL "YO"

01/10/2018

 

Alejandra Pizarnik, “Extracción de la piedra de la locura” en Poesía Completa, LUMEN, Barcelona, 2016, p. 207-258.

Frente al cuadro «Extracción de la piedra de la locura» de Hieronymus Bosch atestiguamos una escena en la que un hombre está siendo sometido a una práctica quirúrgica. El único personaje que nos mira desde dentro es aquel que representa las consecuencias de un mal natural y, aparentemente, remediable. La creencia medieval depositaba en una pequeña roca alojada en la cabeza de las personas la explicación de la necedad humana. La obra de El Bosco ilustra la credulidad que impulsaba a realizar este tipo de operaciones: al extraer la piedra, la locura menguaba. El comentario crítico del pintor holandés reside en un detalle que, además, Alejandra Pizarnik tomó como motivo para su escritura: la flor o la lila. Tras la trepanación, uno de los personajes extrae una serie de flores de la cabeza del hombre sentado. Las flores reposan en la mesita y no parece ser extraño que, en lugar de hallarse con una piedra, las tres personas alrededor del necio hayan encontrado tulipanes.

 

¿Cuál es, entonces, el objeto de la locura y por qué florece? Este es el punto del que parte Pizarnik para enmarcar su concepción de la escritura y del ser que escribe. Nombra a su poemario de 1968 Extracción de la piedra de locura en homenaje, quizá, a ese detalle. La lila es un motivo frecuente en la obra poética de la autora argentina, pero en cada poemario la concepción se modifica. En el caso de este poemario, el símbolo de la flor se asocia directamente con la locura y con la idea de que la escritura también es un ejercicio vertiginoso impulsado por algo indómito y que, no obstante, reverdece.

El objeto que reposa en la mesita del cuadro nos produce la curiosidad de levantarlo y admirarlo. La piedra de la locura es bella y guarda en sí misma los secretos primitivos de la creación: el daimón socrático, el genius, o según Pizarnik, el “yo” múltiple que habla mientras ella permanece en silencio: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”. Así, asistimos a la apertura de esa flor que se abre ante nuestros ojos y nos revela la voz pura de la inspiración, sin llegar a tomar medios para mostrarse o ser.

El segundo poema del libro, “Vértigos o contemplación de algo que termina”, se muestra como una interpretación del cuadro y, a la vez, como su continuación: “Esta lila se deshoja. /Desde sí misma cae/ y oculta su antigua sombra. /He de morir de cosas así”. La flor manifiesta sus secretos y nosotros como lectores miramos sus posibilidades. La autora divide el libro en cuatro partes separadas por un número romano y una fecha. Cada aparatado representa una temporalidad distinta: I (1966), II (1963), III (1962) y IV (1964). Lejos de indicarnos el año de producción de cada parte, Pizarnik deja asomarnos en los relatos de la locura como instantes de un pasado sin recuperación, pero que aún pueden ser tocados por la imaginación, por la re-creación.

Los veintiocho poemas recorren la versatilidad de las formas; desde la más epigramática hasta la prosa más cercana a la enunciación libre o fluir de la conciencia. En el continuo de la lectura se van desplegando una serie de escenarios mórbidos donde cada palabra es la representación de su propia imagen, es decir, el desdoblamiento efectuado en el plano textual y el de las significaciones: “He tenido muchos amores —dije— pero el más hermoso fue mi amor a los espejos”. De tal forma que, los poemas configuran una lectura caleidoscópica donde se juega, también, el sentido literal.

 La locura, desde este punto de vista, cataliza la aparición de máscaras y de voces que torturan al sujeto hasta la mudez, ya que sólo de esta manera es posible volver al origen y mostrarlo: “Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral”; “Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla”. Entre mayor es la ostentación del sujeto lírico en el poema, mayor es su desaparición.

 

Asistimos, pues, al despojo de la primera persona del singular, a la extirpación de sujeto de su reino del lenguaje, a su destitución del centro donde se apropia de las palabras y les brinda un sentido. La escritura atraviesa la necesaria expulsión del ser para llegar a su esencia. La piedra de la locura es, de acuerdo a lo dicho, la presencia férrea del sujeto en la cordura de los sentidos unívocos. La extirpación de la persona, paradójicamente, abre a las palabras y las dota de singularidades interpretativas, de una autonomía escritural sin parangones.

Por esta y otras razones, la aniquilación del sujeto configura una interminable situación de muerte y de silencio, pero también de una imposible suspensión de las imágenes, los símbolos y las connotaciones. Alejandra Pizarnik conserva, en este pequeño libro, la seducción de un misterio que puede observarse desde la mítica flor que abre sus hojas para dejar leer el origen de la escritura, su vértigo y su relación lúgubre con lo siempre humano: “Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene”.

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