Era el mejor de los tiempos...

 

 

Encuentro las siguientes líneas ya hacía el final de una reseña acerca de la obra La niña y el violín de la agrupación francesa La compagnie de Midi…

En esta obra tratan a la niña como mercancía que pasa de propiedad de un hombre a otro. La tesis de la obra “la felicidad es no estar solo” me parece un tanto codependiente. La obra busca reforzar la importancia de la educación. Al estar basada en un texto de Charles Dickens me hace pensar en la sobrevaloración de la literatura clásica, ya qué más allá de su valor estético, sostienen tesis ya poco útiles para la realidad que estamos viviendo.-1-

…y si bien ya en líneas previas había diferido con ciertas aseveraciones de la reseñista, fue lo categórico de estas últimas sentencias lo que me llevó a cuestionarme ampliamente tanto el papel de la crítica en tiempos actuales, así como nuestra capacidad (sea como creadores, reseñistas, públicos o simples entusiastas) para interactuar con nuestro tiempo, con la realidad que nos circunda y, justo por ello, con nuestra historia, con el arte, tanto el que se practica hoy en día, así como con el que nos antecedió, con todo aquello que al brindarnos memoria, nos conforma y nos confirma como parte de una realidad compleja. ¿Quién puede ejercer la crítica? ¿desde dónde es posible ejercerla? ¿Qué representa la posición que se adopta a la hora de decir algo, de poner algo en imagen, en palabras, en escena frente a los otros? ¿Qué es lo que entendemos por “Clásicos”? ¿Mi ideología debe impedirme leer un clásico?

 

Sería ambicioso pretender que se puede responder a todas estas interrogantes en este texto, lo que me gustaría atrever es una provocación, un esbozo no de respuesta, sino de apertura para esas preguntas. Así, en un primer momento, me resuena ese tema tan gastado, y no por ello menos vital acerca de qué es un clásico. Para ello recurro a Ítalo Calvino, uno de los grandes clásicos de la literatura moderna, quien en su texto Por qué leer a los clásicos hace una serie de afirmaciones que, antes de hacer pensar en un clásico como algo que se conformaría como parte de un canon cerrado de obras que engloban todo lo que hay por decir en la literatura (como sí ocurre, por ejemplo, en las apreciaciones de Harold Bloom acerca del tema), presentan el clásico como algo abierto, una entidad en perpetua posibilidad de lectura. Afirma Calvino que «Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir»-2-. Y explica que «Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente en el lenguaje o en las costumbres)»-3-. El clásico es un encuentro de muchos tiempos en el instante del lenguaje, un instante en que el texto no es sólo con-texto, sino algo activo que apela a quien lo lee, le cuestiona. Leer, cuestionarse, parafraseando a Merleau-Ponty, es siempre un diálogo de vivos; ambas partes, obra y lector interactúan dando nuevos sentidos de manera recíproca. La obra tiene como límite aparente la pertenencia a su propio tiempo, que puede chocar en más de un sentido con el mundo y el tiempo del lector, quien finalmente pondrá límite, no a la obra, sino a su lectura de la misma.

Afirmar de manera categórica que los clásicos están sobrevalorados es, más bien, poner un límite a nuestra capacidad de leer, a nuestra capacidad de interactuar con formas de narrativa más allá de su ideología y la nuestra y negarse a apuntar hacia los posibles rumbos a que la obra señala. Y es que dichos rumbos de lecturas no se encuentran trazados en presente. Es decir, no apelan a la ideología de nuestro momento, y sin embargo, tampoco se encuentra atrapada en su con-texto, el cual si bien es importante, no define la totalidad de la obra. Podría decirse que el flujo de la obra literaria, y en particular de aquello que llamamos clásico, ocurre en un momento fuera del tiempo que apela a todos los tiempos; encuentro de todos los que fuimos, los que somos y los que serán, y que por ello, permite que más bien hagamos trazos, mapeos, que establezcamos relaciones con nuestro propio tiempo, dialogar más allá de cualquier contexto.

Afirmar que una obra presenta tesis inválidas para nuestro tiempo y que por ello está sobrevalorada es, entonces, poner el acento de la lectura en un concepto de moralidad personal. Ni siquiera se trata de una preocupación ética, pues de existir, habría, más bien, la posibilidad de pensar nuevas aproximaciones para con la obra. Y ni que decir del menosprecio para con el valor estético de una obra. El problema de la estética no se refiere únicamente a si una obra es bella o no, mucho menos en los tiempos que corren; el problema de la estética es más bien complejo, tiene un desarrollo histórico extenso, que es, creo, necesario conocer y re-conocer a la hora de abordar la tarea de la reflexión de cualquier tipo de trabajo artístico, sobre todo en medios públicos. Como afirma Omar Calabrese en Cómo se lee una obra de arte-4-, los juicios de valoración estética, las apreciaciones históricas, las escuelas críticas y hasta el lenguaje de dicha crítica o valoración sufren diversas mutaciones con el paso del tiempo, de ahí que constantemente trata de cambiar sus vetas conceptuales dominantes. Y de ahí también que un intento de reflexión que no hace sino militar en un pensamiento moralizante se encuentra de antemano atrapado en una estructura dogmatizante, ajena a la obra. Calabrese considera que, en gran medida, son los medios masivos de comunicación los que han generado tal clase de aproximación y es que, en un intento, perfectamente válido, de acercar un lenguaje técnico y especializado a públicos más amplios, se cayó en realidad en una serie de juegos en los que la valoración subjetiva de una obra parece ser la única posible.

Habitamos, ciertamente, una época en que la experiencia del yo parece trazar toda aproximación a la realidad: el “cada cabeza es un mundo” se ha convertido en un dicho caro en nuestros tiempos; pero si bien éste puede servir para confirmar que la experiencia de cada individuo para con la realidad es diferente con respecto al resto del mundo, ello no significa que la realidad mute de acuerdo a los deseos de cada individuo (como a muchos hoy día les gustaría creer). La realidad nos confronta en todo momento, apela a nuestras cuestiones más vitales en todas sus complejidades y reducir esas complejidades a la experiencia del yo es un riesgo enorme, pues incluso las ideologías que defienden  derechos e ideas justas pueden encerrarse en un  laberinto que no deja ver más allá de uno mismo.

Esto no quiere decir que sea un error hacer una aproximación en primera persona en una obra artística, ya sea desde la ficcionalización, lo biográfico o lo reflexivo; pero, parafraseando a Paul Bowles, uno de los grandes representantes del texto autobiográfico y autoreferencial, lo importante de un texto de esas cualidades es que permite al individuo colocarse fuera de sí mismo para verse frente a aquello que de su vida apela al mundo y no sólo al yo. Detecto, pues, una actitud que parece imperante en las artes contemporáneas: poner al yo como centro del quehacer artístico y asumirse como especie de autoridades morales, que pueden decir qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, y desde qué perspectiva. Se trata más bien de preguntarnos qué rutas son las que hemos decidido tomar en el desarrollo de las disciplinas a la que nos integramos, si no será que, en el afán, muy válido, de tomar una postura frente a los acontecimientos del presente, de nuestra realidad, hemos adoptado posiciones dogmáticas que antes que procurar un diálogo lo cierran por completo. Dar voz a aquellos que fueron silenciados, elegir temas que cuestionen nuestro presente es, sin duda, algo más que una posibilidad para los creadores de nuestros días. Sin embargo, es vital abordar los temas siendo responsables de lo que se pone frente al espectador, o lector y confiando en él, confiando en que no es necesario aventarle un mensaje a la cara, mucho menos evidenciarlo, sino cuestionarlo, llevarlo a situaciones en las que se vea reflejado, no en el sentido de una identificación personal o personalizada, sino en el sentido amplio de la noción de reflejo (es decir, su alto contenido de reflexión.

Cada vez con mayor frecuencia me pregunto si no será que hoy día, más que atender atentamente a los temas y emergencias que surgen en nuestro contexto, tratamos más bien de ajustarlas a nuestra experiencia (de nuevo, psicologización de la realidad), si no será que antes que establecer compromisos para con el arte que ejercemos, lo estamos tomando para con una sola perspectiva, para con la visión de los grupos que nos son cercanos, para el círculo que piensa como nosotros y dejamos fuera a todos los que no caben en nuestro guacal. Me pregunto si no será que nos encontramos más ávidos de validar nuestra voz que de poner una voz que también sea una escucha; más ávidos de echar juicios sobre el mundo antes que cuestionamientos, ¿no será, en fin, que el yo (en su modo capitalista contemporáneo) se nos ha impuesto de tal forma que incluso lo estamos forzando a entrar en las luchas más necesarias de nuestro tiempo?

Y es que si la reflexión y la investigación consciente no son colocadas por encima del mero ímpetu, si el afán de cuestionar no se coloca por encima del deseo de adoctrinar, si nuestro deseo de juzgar y decir están por encima de nuestro afán de escuchar de leer (a nuestros clásicos, a nuestros contemporáneos, incluidos los que no piensan como nosotros) con el cuidado que ello amerita habremos perdido mucho. Ningún pensamiento o ideología está terminado, cerrado definitivamente, y por eso la autocrítica se vuelve fundamental. Que ninguna de nuestras creencias e ideologías más caras nos dejé pensar que estamos frente a la gran verdad, pues el mundo volverá a cambiar. En este caso, como en tantos otro es necesario recordar que las complejidades de nuestro tiempo nos exigen una atención constante, pues, como dijera la voz (aún resonante) ese viejo clásico de nombre Charles Dickens:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la temporada de la luz, era la temporada de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo frente a nosotros, teníamos nada frente a nosotros, íbamos todos directo al cielo, íbamos todos en dirección contraria. –En una palabra, esta época se parecía tanto al tiempo presente, que algunas de nuestras autoridades más notables afirman que para bien y para mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.-5-

 

 

1-Reseña completa en http://aplaudirdepie.com/la-importancia-de-imaginar/ Ultima visita, julio 7 de 2018.

2-Cito de la versión digital hallada en  http://urbinavolant.com/archivos/literat/cal_clas.pdf
3-Idem

4- Calabrese, Omar, Cómo se lee una obra de arte, editorial Cátedra, España, 1999. Pp. 104.

5-Dickens, Charles, A tale of two cities, Penguin books, Great Britain, 1974. P. 35 (la traducción es mía).

 

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