APUNTES PARA MAÑANA

 

El los últimos días tuve la oportunidad de ver las presentaciones en México de dos artista que admiro profundamente: el cineasta checo Jan Svankmajer y el músico estadounidense Phillip Glass. Ambos desde sus respectivos quehaceres han ofrecido obras fundamentales para nuestro tiempo. De Svankmajer, creo, todos hemos visto al menos una imagen de alguna de sus cintas: Alicia y el conejo blanco comiendo aserrín y luego cosiendo el punto por el cual se escapaban las virutas que lo mantienen animado, el crecimiento del pequeño Otik, la solitaria y placentera imagen de alguno de los Conspiradores del placer o los dos pedazos de carne que juguetean y se seducen hasta que alguien los echa a la sartén, son parte de un imaginario reconocido y admirado. Curiosamente, a Phillip Glass muchos en México le conocemos también por sus colaboraciones cinematográficas: la música de cintas como Koyaanisqatsi de Godfrey Reggio; Las horas de Stephen Daldry o su reimaginación musical (interpretada por el Kronos Quartet) del emblemático Drácula de Tod Browning, que daba nuevos vuelos a la interpretación de Bela Lugosi, conforman una pequeña muestra de la relevancia del trabajo del oriundo de Baltimore.

            Y pese a que mucho se podría escribir acerca del trabajo de estos artistas, hoy quiero concentrarme en cierto particular acerca de sus respectivas presentaciones en México que me parece importante destacar y que tiene que ver con las edades de ambos artistas. Y es que, desde que los vi y escuché no puedo dejar de pensar en la imagen del sabio, esa que hoy en día nos es cada vez más ajena en un mundo que se empeña en rendir culto a la juventud, en que las energías productivas son las únicas que parecen tener razón de ser, en que una actitud de “viejo” se convierte en algo temible y en que la palabra anciano, que otrora se relacionara con la sabiduría, hoy se ha convertido en algo insultante, en algo poco más que un sinónimo de acabamiento. La figura del sabio, al no estar sujeta a parámetros de productividad o de utilidad, evoca más bien la preparación de un camino, un reconocimiento de la finitud; reconocimiento severo, severísimo, en el cuerpo que se marchita, pero también testimonio de lo vivido,  de la experiencia. La figura del sabio, así, es un recuerdo indudable de la vulnerabilidad humana, pero también de sus alcances, de sus posibilidades vitales.

 

            Jan Svanmajer brindó una conferencia magistral en la que habló de su trabajo, de sus influencias, de sus orígenes en el teatro de negro de Praga, las dificultades para hacer cine en la época comunista y de otros temas varios. Desde su llegada se hacía notar, pues pese a sus 85 años de edad luce fuerte, se sostiene por sí mismo, y por encima de todo, hace evidente una profunda lucidez. Llama la atención que no se considere a sí mismo como un cineasta, sino como un artista que encontró en el cine un medio de expresión ideal para plasmar sueños justo por sus características; el sueño y el cine se parecen en su estructura dinámica. A decir del director y artista plástico, soñamos como si se tratara de un montaje de cine. Le parece, pues, que el cine es el mejor medio para plasmar los sueños y las obsesiones, las cuales forman parte central de su obra. De hecho, recomienda en su decálogo: “sé un completo sumiso de tus obsesiones. Tus obsesiones son cuando mucho, lo mejor que posees. Son reliquias de la infancia. Y es de las profundidades de la infancia de donde proceden los mayores tesoros”.[1] En el mismo tono, cuando alguien en el público le pregunta qué consejo le da a los jóvenes que quieren ser cineastas, con toda firmeza, afirma: “no hagan caso de ningún consejo; experimenten, creen”. Y tomando en cuanta lo mucho que Svankmajer ha experimentado, tanto en la plástica, como en lo teatral y lo fílmico; al grado de desarrollar toda una concepción acerca del cine táctil o la escultura gestual, desde los cuales pretende quitar un poco de los privilegios que la tradición occidental ha puesto en lo visual. Pero esa experimentación son fruto también de una ardua preparación. Hay en la obra del checo profundos ecos de Edgar Allan Poe, Villiers de L’isle Adam, el Marqués de Sade, Arcimboldo, y toda una larga tradición teatral checa; lo cual demuestra que la experimentación y la creación son fruto de un diálogo con el arte y la vida que nos rodea, con nuestros clásicos, porque sus temas comparten, más allá de la forma, cuestiones que abarcan desde la distancia, nuestro presente.

            Uno puede aprender mucho del afán creador de Svankmajer, que no se detuvo ni siquiera cuando la censura comunista le prohibió hacer cine, se concentró en la pintura, la escultura y las artes escénicas. A partir de su experiencia, el director de Locura hace una impresionante reflexión acerca de nuestro tiempo. Lo que afirma en una entrevista realizada por Peter Hames es revelador en más de un sentido:

 

¿Cuáles cree que son las implicaciones del renacer del capitalismo y del final de la guerra fría?

 

Es una mezcla de utilitarismo económico (la base) y una irracionalidad comercial muy arraigada (la superestructura). En último término, tenemos la «dictadura ecológica» como «el único sistema político posible» para la supervivencia de la humanidad, donde los nobles objetivos «del comienzo» han de transformarse, en la práctica, en un totalitarismo «del fin». U mundo dividido en un «socialismo camp» y un «Occidente libre» venía bien a todos, ya que un sistema apoyaba la existencia del otro. El mundo tenía sus reglas. Y la gente se acostumbró a esa hipocresía. La mitad del mundo jugaba el juego de la «justicia social» mientras asesinaba alegremente a la gente en su nombre; la otra mitad jugaba a la «libertad del individuo» mientras, haciendo uso de trucos publicitarios, creaba consumidores uniformados y sin voluntad propia que alegremente se recuperaban de las viejas heridas. Estos dos mundos se constituyeron el uno al otro como enemigos irreconciliables para poder armarse con total complacencia y garantizar de este modo trabajo suficiente para la gente y suficiente ganancia para las industrias militares de ambas partes. El colapso del «socialismo» fue el último clavo en el ataúd de esta civilización. El capitalismo, creo, no tardará en lamentarse del fallecimiento de su contrario «socialista».[2]

 

Estas palabras datan de hace veintitrés años y son hoy un eco nuevo, que es importante saber asir.

 

 

Phillip Glass ya es lento en su andar, de entrada parece cansado, pero no inseguro. La verdadera revelación de su ser ocurre en el momento en que se pone al piano, pues todas las flaquezas que delata su cuerpo desaparecen desde las primeras notas: se le ve erguido, con un ritmo que nada oculta, que todo lo revela en lo que no puede ser puesto en palabras. Apenas unos meses antes había terminado de leer su autobiografía Palabras sin músico y, en el momento de escucharlo interpretar parte de sus Metamorfosis resuena el recuerdo de estas palabras:

Últimamente he estado reflexionando sobre la música de una forma menos alegórica y más cercana al proceso mismo. Ahora, cuando compongo, no pienso en la estructura, ni en la armonía, ni el contrapunto, ni nada de lo que aprendí, No pienso en música, sino que pienso música. Mi cerebro piensa música, no piensa palabras. Si pensara palabras, trataría de que la música encajara en las palabras. Pero tampoco es eso lo que hago. Al trabajar con medios mixtos, tengo que hacer una música que encaje con la danza, con la actuación teatral, con la imagen o con la palabra. Y tengo que encontrar la música desde la música misma.[3]

 

Lo has logrado, pienso, y me dejo llevar por esas piezas que ya desde su título delatan voluntad de transformación. Para el momento en que el cuarteto Latinoamericano interpreta la quinta composición de Glass para esta dotación, ya no queda lugar a dudas de la versatilidad de sus obra, de los muchos rumbos que ha sabido tomar a lo largo de su carrera, sin perder en el camino la voz que lo hace inconfundible. En sus siguientes intervenciones uno no puede evitar poner atención en los breves gestos que intercambia con los otros músicos, el cómo un leve movimiento de mano o hasta una mirada a tiempo bastan para saber que la pieza se dirige a buen puerto. El intérprete se convierte también en director para lograr que todos lo instrumentos vayan no sólo a un tiempo, sino a una voz. Al igual que en Svankmajer, en el quehacer de Glass se delatan sus influencias, sus pasiones; su conocimiento de las tradiciones espirituales de oriente, su cercanía con la música de vanguardias y hasta su relación cercana con la poesía y la literatura.

El momento en que interpreta Wichita vortex Sutra es especial porque se convierte ya no sólo en una especie homenaje para su amigo el poeta Allen Gingsberg, quien es autor del poema que esa noche se escucha en una poco afortunada lectura de Diego Luna, quien se engolosinó con las palabras y las llevo innecesariamente a tonos altos sin dejarlas fluir. Aún con ello, Glass hizo de la pieza algo muy personal; en primer lugar por la evocación de Gingsberg, de quien no pudo despedirse propiamente:

 

-Me ha encantado haberte conocido –me dijo.

 

Yo ya estaba empezando a enfadarme de verdad.

 

-Ya vale, Allen. Te veré el miércoles –dije antes de irme corriendo por el pasillo hacia el ascensor.

 

Efectivamente, al día siguiente se fue a casa y se pasó toda la tarde llamando a amigos y despidiéndose. Me enteré de algunas de esas llamadas más tarde, la semana en que nos reunimos todos en su casa. Aquel mismo martes por la noche, tuvo un derrame cerebral y entró en coma. Gelek Rimpoche mandó a seis o siete monjes para que se quedaran en mi casa, él también vino.[4]

Gingsberg murió un par de días más tarde, y aunque la despedida de los dos amigos no fue la más óptima, el poema de uno y la música del otro reanudan un lazo que se extiende a todos los oyentes.

 

Pero en esa noche del 12 de abril de 2018, el poema de Gingsberg parece cobrar e Glass un tono más íntimo. Resuenan sus primeros versos:

 

Soy un viejo, pero un viejo solitario
Que no teme
Hacer hablar a su soledad en un auto,
Ya que no se trata sólo de mi soledad
Sino de nuestra, por todo los Estados Unidos de América esparcida,
¡Oh mis queridos, dulces amigos!
Y dicha soledad es profética, proviene
De la luna de hace cientos de años o sale
Del corazón de Kansas, ahora.
Y no se trata de la vastedad de las llanuras que hacen enmudecer nuestras voces
Haciéndolas hablar en lenguas a la medianoche,
Cuando nuestros cuerpos que tiemblan se sostienen uno al otro
Pecho contra pecho sobre un lecho.
No se trata del cielo vacío que oculta cada sentimiento sobre nuestros rostros (…)
[5]

 

Habla un Glass ya con voz propia que es la de todos sus escuchas, un Glass que se confiesa De estreno a los 80, título de su gira que de manera certera da nombre a un inicio al final del camino, que luce aún pleno de vida, pues el compositor está próximo a estrenar su sinfonía número 12 que tiene como base el álbum The lodger de David Bowie y Brian Eno.

Celebrar la música con música.

            Pienso, así, en la figura del sabio como la de aquel que prepara el camino, quien antes que fuerte, poderoso, líder o espectacular, se muestra discreto, vulnerable, sostenido más por la experiencia, el humor y por sus influencias que por un cuerpo fuerte. Y es que, creo, así es el arte, y también el conocimiento, nos enfrentan a nuestra vulnerabilidad, mas que a las fuerzas que hoy inundan el mundo. Las voces de los sabios están todavía ahí, no gritando, sino aguardando discretos a sus escuchas.

 

 

 

 

[1] Svankmajer, Jan, Para ver cierra los ojos (trad. De Eugenio Castro, Silvia Guiard y Román Dergam), Ed. Pepitas de calabaza, España, 2012. P. 111.

 

[2] Ibidem, P. 99-100.

 

[3] Glass, Phillip, Palabras sin música, editorial Malpaso, España, 2018. P. 472-473.

 

[4] Ibidem, P. 470.

 

[5] En https://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2007/07/24/wichita-vortex-sutra/ Ultima visita, mayo 15 de 2018.

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