Compartir la lucha

04/06/2018

Verónica Villalvazo, mejor conocida como Frida Guerrera, activista que se ha dedicado a hacer un conteo de feminicidios a nivel nacional en su blog https://fridaguerrera.blogspot.com/, publicó recientemente su libro #Ni una más. El feminicidio en México: tema urgente en la agenda nacional. En él, presenta una investigación periodística sobre varios casos de víctimas de feminicidio.

 

            Si bien su trabajo me parece de una importancia y compromiso innegables, creo relevante reflexionar sobre la responsabilidad que conlleva hablar en nombre de los muertos, las víctimas y los sobrevivientes.  Creo que tiene que ver con dar voz y nombrar a los que ya no se pueden nombrar a sí mismos sin que tomemos el papel de héroes o salvadores.

 

            En #Ni una más yo percibo precisamente eso: una narradora comprometida pero que habla desde la superioridad moral que causa que su voz sea incluso más fuerte que la de las mujeres asesinadas. Por momentos pareciera que regaña y acusa al lector: “Cuando inicié esta lucha diaria que no sólo me ha dejado noches de insomnio, también con el sabor amargo de saber qué tal vez a usted, sí, a usted no le importan decenas de mujeres dispersas y muertas...” (265). Considero necesario no perder de vista los cimientos machistas y misóginos de nuestras sociedad sin marco, el hecho de que nosotras podamos distinguirlo, nos da el deber de visibilizar, denunciar, acompañar pero no de juzgar a las personas que no pueden verlo por estar atrapadas en ese círculo de violencia heredada (con esto no quiero decir justificar, la violencia no tiene justificación).

 

 

            Aunado a eso, tampoco es suficiente pretender que con sólo explicar términos será suficiente para salvar una vida. Frida nos cuenta cómo se acercó a Inés (la señora que trabaja haciendo la limpieza en su casa) y que al platicar con ella se percató del machismo y la violencia que han rodeado la vida de Inés desde siempre. Frida le explicó sobre el machismo y la violencia de género pretendiendo así, cambiar su vida. Y termina esa idea diciéndonos: “Acércate a la mujer que hace limpieza en tu casa, en la oficina, la que vende dulces, la que vende tortillas, a la que ves y al mismo tiempo niegas, para que no te duela conocerla...Detente un momento y salva una vida, salva a una mujer. Inicia esa cadena de ayuda”. No caigamos en la trampa fácil de creer que simplemente hablar con las mujeres será suficiente para romper con el ciclo de violencia machista, los mecanismos de violencia nunca son tan simples.

 

            Me gustaría hacer énfasis en uno de los capítulos del libro, Feminicidio infantil, el cual presenta varios casos en los cuales Guerrera menciona que podrían no ser considerados feminicidios pero donde en muchos de ellos de todos modos utiliza el término. Como en el caso de Mireya Agraz Cortés. Frida no ahonda en ese caso y lo problemático es que no menciona que Mireya envenenó, además de a sus hijas, a su hijo, sus padres y a ella misma, (después de que perdiera la patria potestad de sus hijos) como última medida de protección contra las amenazas y los abusos sexuales que su marido llevaba cometiendo contra sus hijos desde 2010, sin consecuencias legales pese a que Mireya denunció. Hay varios factores para considerar que un asesinato es feminicidio. Me parece de suma importancia mantener esa línea muy clara como forma de defender un término que tanto trabajo ha costado sea aceptado y utilizado de manera oficial. Si mezclamos feminicidio con infanticidio o asesinato, no tendrá ningún sentido la lucha por nombrar los crímenes contra las mujeres.

 

            Por último, no dejo de reconocer la labor de Frida Guerrera, su lucha constante, su valor contra las amenazas, su compromiso para con cada una de las familias de las víctimas, la importancia de su libro en dar a conocer las historias de mujeres que deberían seguir con vida y su sección de preguntas frecuentes que pueden ser de gran ayuda para reconocer una situación de violencia y pedir o brindar apoyo. Personalmente creo que el reto que tiene esta activista es no permitir que la rabia la lleve a una posición moral tan alta que ocasione que su voz sea más importante que las historias que cuenta. Podemos compartir la lucha pero nunca deberíamos ocupar los lugares que les corresponden a las víctimas y familiares, porque nuestro lugar es desde el acompañamiento, la empatía y el duelo.

 

 

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