Reflexión sobre Conejos en el valle de la muerte

14/05/2018

El domingo 13 de mayo de 2018, como segundo día del Festival Universitario de Teatro que realiza la UABC, se presentó la puesta en escena “Conejos en el valle de la muerte”, bajo la dirección de Ángel Norzagaray, con las actuaciones de Juan Manuel Reygoza, Héctor Jiménez y Abel González. Cabe destacar que el texto dramático le valió a Daniel Serrano el premio del Libro Sonorense 2016. La iluminación corrió a cargo de Guadalupe Arreola; el diseño de vestuario de Sóstenes Rojas y el diseño sonoro de Juan Carlos Villanueva.

 

Al abrirse el telón nos encontramos por un espacio delimitado por un rectángulo de luz y en el centro de este un Sofá blanco y negro y dos actores vestidos en tonos claros. Gerardo, el personaje que queda a cargo de Héctor Jiménez, está vestido completamente de blanco y comienza viendo un televisor que una luz parpadeante ayudada de un audio nos ilustra. El otro personaje que vemos en escena es Renato, que representa Juan Manuel Raygoza y que está vestido también por tonos muy claros, aunque un poco más cargados hacia el marrón. El tercer personaje que aparece hasta casi el final del primer cuadro es el de Mario, representado por Abel Gonzáles. Este personaje está vestido en tonos grises.

 

La historia gira en torno a estos tres personajes y una decisión que pondrá en tela de juicio sus posturas éticas y morales. El texto, aunque en un principio parece posicionar a Renato como el centro de la historia, la decisión de dirección y posiblemente la mejor lograda, es la de mantener siempre en el centro de la escena a Gerardo, el verdadero personaje detonador del conflicto de la obra. El texto, se vuelve por momentos lento, pareciera que los personajes hablan de más. A la mitad del cuadro ya tenemos claro el planteamiento, así que el resto se vuelve una espera eterna porque aparezca el conflicto. Y podría ser disfrutable si el trabajo actoral estuviera bien equilibrado. Desgraciadamente solamente Héctor Jiménez mantiene a su personaje en tono y en relación con los que lo rodean y consigo mismo. Mientras que Juan Manuel Raygoza se mantiene en una estridencia constantemente y Abel Gonzáles, que está mucho mejor que en otras ocasiones, sin embargo, le falta por subir un pequeño peldaño que le permita matizar sus interpretaciones y no quedar en planteamientos planos. En cuanto al trabajo de iluminación, es funcional, ilumina a los personajes, genera espacios, pero no nos dice mucho, salvo un intento por construir una imagen metafórica al final de la obra que desgraciada se va muy pronto y lo borra completamente una música fuera de lugar a la hora de las gracias. De hecho, el diseño sonoro pasa imperceptible, no aporta nada al discurso. El montaje, si estuviera en un buen tono, bien podría ser disfrutable a ojos cerrados.  

 

 

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