LA MEMORIA HECHA POLVO III parte

III
De la calle

-Tengo miedo-, me dice dulce mientras se coloca los guantes de carnaza. -Yo también- respondo mientras me coloco el casco. Ninguno de los dos deja de avanzar.
Si alguien alguna vez me hubiese preguntado que clase de prenda jamás imaginé que usaría, diría que justo estás: chaleco de noche, casco, guantes de carnaza. Siempre he sido torpe de manos, lo cual me había impedido siempre imaginarme una situación en la que me viera rodeado de maquinaria y herramientas de construcción; mucho menos había imaginado que cuando lo hiciera sería con estas condiciones; con la ciudad de bastada.

 

El impacto ante el derrumbe es mucho, pero se contiene pecho adentro, pues el sentimiento de emergencia se apodera de todas las acciones. Emergencia. Aquello que sale a flote, que se deja ver contundente y obliga una respuesta tan cuidadosa como inmediata. Pero sobre todo lo primero, la emergencia exige cuidado. Y eso se nota en la zona de derrumbe.

Tres filas de civiles van desde el pie del edificio caído hasta el camión que se lleva los escombros de lugar: La primera fila pasa cubetas vacías hasta el pie del colapso. En el interior son recibidas por Topos y marinos, únicos autorizados, junto con elementos de la Cruz Roja, para estar dentro del derrumbe. Ellos llenan las cubetas de escombro y las entregan a los primeros integrantes de las otras dos filas, para que la extensa cadena humana las haga llegar hasta el camión. Los pasillos que hay entre las tres filas sirven para que por ellos circulen las personas que, por su fuerza, pueden llevar piedras más grandes y pesadas, piedras que tienen incrustadas varillas metálicas.
De las tres noches trabajadas en el sitio, los acontecimientos se suceden en recuerdos qué aunque desordenados, tienen su peso específico en la memoria. Nuestro trabajo consiste en mantener el orden de entrada y salida de la gente que ayuden las tres filas de remoción de escombros: Debe haber 30 personas en cada fila, ninguna debe cumplir con una jornada mayor a dos horas seguidas (instrucción que mucho desobedecen), si desean volver a entrar deben ir al refugio cercano a descansar y volver a formarse. A partir de la segunda noche, por sugerencia un amigo que trabajó en otro sitio de derrumbe, con un plumón marcamos en el brazo de los voluntarios la hora en que han entrado, lo cual ayuda a controlar los turnos y, sobretodo, a asegurar que toda persona tome los muy necesario descansos. En unas carpas colocadas algunos metros del área de trabajo, la gente espero entrar. Ya desde ahí se ve todo: nerviosismo, una especie de deseo de no estar ahí, pero con la clara conciencia de qué se trata de una presencia necesaria. Hay mucho asombro ante lo grande de la situación y lo breve de nuestra presencia.  Se ve voluntad. Pero también hay otras dimensiones; vemos por momentos, cómo algunos están ahí para hacer el turismo de la tragedia. Algunos, jóvenes en su mayoría, van cediendo su lugar en las filas bajo las carpas de forma que jamás llegan al área de trabajo. Si alguien se acerca y pregunta si están bien, si prefieren no quedarse, o ayudar en algo diferente, en el refugio tal vez, dónde se requiere gente para cocinar o limpiar los baños, se niegan con un gesto de desagrado, mientras tratan en vano de esconder sus teléfonos celulares.
Se toma la decisión de sacar a esa gente del sitio y prohibir el uso de teléfonos móviles. Incluso cuando alguien debe hacer una llamada urgente, ya sea personal o relacionada con las necesidades materiales del momento, debe hacerlo cerca de los puestos de acceso o desde el refugio.
Y los hay también quienes hablando, desde una distancia segura, de lo mucho que en su percepción está mal hecho, de lo mucho que harían diferente pero siempre sin decírselo a quien corresponda, pese a que se trata de personas que han demostrado tener oído abierto. Y en ese momento, curiosamente, no cabe el odio exaltado, ni la necesidad de confrontación. Y es que acaso esas actitudes que uno no desea ver pero que existen, nos obligan a confrontar más bien otros aspectos de nuestra humana fragilidad. Terrible sí, pero también real, acaso estas situaciones nos exigen más autocrítica que odio, pues en ello, por más ajeno que nos resulte, hay un poco de todos nosotros. Acaso ello se encuentre profundamente hermanado a todos los otros gestos nobles que la catástrofe nos permite ver: El silencio, la entrega en las labores que probablemente muchos de nosotros nunca habíamos desempeñado, pero a las que las circunstancias no se obligan, el gesto de aquellos que ofrecían comida por las calles a todos los voluntarios, el gesto de quienes en los centros de acopio bailaban al ritmo de canciones que salían de la radio de autos aparcados para darse ánimo y vencer el cansancio de la larga noche que anunciaba ya su final. El gesto, en fin, de una ciudad que entera se mostraba atenta a cada acontecimiento. Gesto que para muchos significó una prueba fehaciente de que estábamos recuperando la ciudad, de qué de esa noche en adelante, la realidad toda sería por completo de sus habitantes; de qué, con la calma que amerita, contaríamos nuestras heridas, Honraríamos a nuestros muertos, y también para ellos, pues no siguen habitando, co-habitando, haríamos de las calles un nosotros.
No tengo dudas, digo, de que todos esos gestos los más dichosos y los más terribles, configuran lo que somos no solo ante la catástrofe, sino en las semanas, los meses y los años por venir.
En aquellos días, semanas, meses y años posteriores a lo que ocurrió en la mañana de septiembre de 1985, también ocurrió el gesto que delataría que la ciudad cayó no sólo por lo terrible de la sacudida, sino también por el cansancio, por todo lo que la historia reciente nos había obligado a enfrentar. Se trata de un gesto que fue de la caída a levantamientos como el de 1988, en que la izquierda alcanzaría por vez primera la presidencia del país, hasta que un fantasma viejo le cortara el sueño e impidiera dar rostro definitivo a ese triunfo. O el de 1994, que era un gesto que se hacía evidente pese a que estuviese enmascarado, cobijado, que no oculto, por una selva que se levantaba tan nueva y antigua para tratar de proteger aquello que de tan humano es también suyo.
Y aunque la derrota, el cansancio y el olvido se empeñan en borrar las dimensiones del gesto, el gesto sigue ahí. Incluso fotografías y otras imágenes, el gesto se niega a la posibilidad de la inmovilidad, del congelamiento. Del gesto recién surgido luego de aquella tarde septiembre 2017,  aun queda mucho por reconocer.

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