TODO UN AÑO (y unos días)

*

Hace ya un año y hace apenas un año que nos dejó el amado amigo y autor Eusebio Ruvalcaba. Era un siete de febrero. Por la noche. Y la noticia llegó con un hondo peso. Tan de sombra de un árbol que aún hoy nos cubre a quienes lo conocimos. La tribu Ruvalcaba, nos decían, sin que fuera un nombre oficial o el pie de una foto de familia, sin que nos conociéramos todos; pero con la certeza indudable de

 

que el querido maestro nos convocaba en todo momento con literatura, música y, ¿por qué no? Un buen trago. Interminables son las anécdotas que uno puede recoger del tiempo compartido con Eusebio. Intensas todas. Y es que Eusebio se dejaba conmover por cosas que a muchos les podrían pasar desapercibidas, indiferentes. Interminables también los recuerdos de sus lecciones: su generosidad al hablarnos ya fuera de un cuarteto de cuerda, de una obra de esas que calan hondo o de alguno de los trabajos que llevábamos a su taller de los sábados.

            Recuerdo que alguna vez que Gerardo Castillo, Lalo Navarrete y yo lo visitamos en su estudio, Eusebio nos quiso leer un cuento de su mecanuscrito de 96 grados, libro que estaba por enviar a su editor. El cuento se titula: Un anciano convicto y estorboso:

A don Francisco Arriero le faltan dos meses para cumplir su condena…

Eusebio se interrumpió para aclarar su garganta. Dio un largo trago a su bebida y comenzó de nuevo…

A don Francisco Arriero le faltan dos meses para cumplir su condena. Se había ganado el don por su docilidad, discreción y buen trato. Tenía 89 años –su edad exacta se sabía…

Aquí Eusebio hizo una pausa más larga, dio un trago muy largo, ya no a su bebida, sino a su propio aliento, que dejaba entrar a su pecho un dolor hondo. Hondísimo…

…su edad exacta se sabía porque cuando un preso era removido de su crujía, en la entrada se pegaba un oficio…

Las primeras lágrimas se dejaron ver en su rostro. De fondo sonaba el segundo movimiento de el trío El fantasma de Beethoven…

...se pegaba un oficio donde se especificaban sus pormenores. Era un anciano cuyo cometido principal en la vida se reducía a no estorbar…

El llanto le fue ya incontrolable. Se disculpo con nosotros, diciendo que no podía seguir, que no debía seguir. Cerró el engargolado y lloró desconsoladamente. Lloramos. Beethoven seguía sonando al fondo. Acerca del segundo movimiento del trío que sonaba, alguna vez Eusebio escribió: “Su segundo tiempo, un andante reblandecido como un almohadón de plumas, recuerda mucho el segundo tiempo de la sonata Kreutzer, también de Beethoven, y que, resuelto en variaciones, es otro andante que bien puede escucharse a la hora de conciliar el sueño para evitar el insomnio”. Esa tarde, el andante nos llevó a un sueño todavía sin forma. Una vez secas las lágrimas , Eusebio toma de nuevo el mecanuscrito, lo contempla y extiende su brazo para dármelo: “Toma Francisco de León. Quiero que tú lo tengas. Es tuyo”. Acepto conmovido el presente.  

Horas más tarde, ya cuando la noche tomaba la calle, Eusebio nos pidió que lo lleváramos al bar del Sanborns de plaza Cuicuilco, quería estar un rato a solas y ver el box. Subimos al auto de Lalo y nos encaminamos al bar. Lo vimos entrar y perderse en la luz chillona del lugar. Luego Lalo nos deja a Gerardo y a mí en la estación del metrobús más cercana. Ambos devorados por las ansias de abrir el engargolado. Lo saqué de la mochila y ambos nos sentamos en el piso de la larga rampa de acceso al metrobús (como solemos hacer cada que vamos a leer algo importante, desde hace veinte años). Vamos a la página en que se encuentra Un anciano convicto y estorboso… Ese aliento del que bebió Eusebio nos invade conforme Gerardo, en su inconfundible voz alta, lee líneas como:

Nadie más que don Francisco Arriero merecía la libertad. Había pasado casi 70 años encerrado, sin recibir siquiera una visita familiar, y ya era hora de que respirara otro oxígeno…

O bien…

Pero don Francisco Arriero no era del mismo pensamiento.

Ese día, cuando con enorme dificultad leyó su nombre en el oficio, reflexionó en los años que llevaba recluido…

Para rematar…

Lo sentenciaron a cadena perpetua. Pena que le conmutaron a sus 87 años.

No tenía nadie que lo esperara. Pero no pasaba un día sin que pensara en la situación que estaba viviendo. Cada vez más se hundía en un silencio sepulcral...

No comparto más líneas del cuento con la esperanza de pensar que, si alguien lee estas líneas, vaya con esas ansias de saber el desenlace, apto sólo para aquellos que no temen a ese trago de aliento que devora el pecho. Lo que sí comparto es que la emoción fue tal que, por sugerencia de Gerardo volvimos a pie al bar a buscar a Eusebio. Queríamos, no, necesitábamos agradecerle. Lo hallamos dormido sobre su mesa, acodado de frente a su cerveza, sereno. Le escribimos una nota y se la entregamos para que a su vez la entregara a Eusebio. Y nos fuimos.

Hoy atesoro el mecanuscrito y aunque luego tuve el libro ya editado, siempre prefiero volver al pálido engargolado que me lleva no sólo a la gran obra de mi maestro, sino que me recuerda su gesto sereno, y su llanto, y su amistad indudable.

 

**

Me convertí en parte regular del curso de apreciación musical de Eusebio cuando aún se llevaba a cabo en la Fonoteca Nacional. Acerca Mozart fue el primer curso al que me integré. Casi no participaba en las sesiones, pues era obvio que se trataba de un grupo ya bien integrado de tiempo atrás y me sentía un poco como un invasor, pero pronto, no sólo Eusebio, sino todos los miembros del grupo me integraron a su dinámica. Para cuando el curso se mudó a la librería Elena Garro en Coyoacán, me sentía no sólo parte familiar de las sesiones de cada lunes de 11 a 14 horas, sino que me convertí en el encargado de pasar ciertos videos que Eusebio quería mostrar a la clase. Un día, todavía en Fonoteca, en que Luis Aguilar nos visitó, Eusebio nos preguntó: ¿verdad que el hombre contemporáneo, no importa cuán joven, aún escucha música de cámara y orquesta? Respondimos sin chistar que sí, que esa música tenía asegurada su vida pues sabe buscar oídos que la reciban como merece. “Su Majestad, la música”, nos dijo él. Fue la primera (y estuvo muy lejos de ser la última) vez que lo escuché referirse así a la Música.

 

***

El pasado 6 de febrero se congregó en el Palacio de Bellas Artes la tribu Ruvalcaba para recordar al maestro y amigo. Familia, amigos, lectores que tal vez no lo conocieron en persona, pero que en letras le eran también muy cercanos. Los comentarios estuvieron a cargo de Jorge Arturo Borja, Jaime Aljure y Vicente Quirarte: la Música a cargo del quinteto Rotsa, mismo que fue convocado por el maestro Jorge Rissi, cuya visita al también violinista (y compañero de Higinio Ruvalcaba en el cuarteto Lener) relata Eusebio en las últimas páginas de Elogio del demonio. En algún momento del homenaje, Vicente Quirarte aseguró sentirse como en la escena final de Big Fish, la cinta de Tim Burton: aquella en que, durante el funeral de su padre, el protagonista descubre que, detalles más, detalles menos, todos los personajes que estaban en las historias de su padre existían y hacían gala de presencia. Así nosotros, los convocados, la tribu Ruvalcaba, hacíamos acto de presencia para homenajear al hombre que en letras, música, bebida y, por encima de todo, amistad, nos ha dado tanto…

 

****

A manera de colofón, comparto un fragmento de el bello escrito de Kike Iglesias, pues su potencia describe a la perfección el sentir de estos días:

Éramos unos niños y no terminábamos de serlo cuando nuestro padre literario murió. La orfandad nos obligará a crecer. Aunque no se ha ido del todo. Muchas veces nos descubrimos hablando de él en presente, como si lo acabáramos de ver hace un par de días. Está y estará detrás de cada una de las líneas que pergeñemos.

Eusebio vivía y bebía de la literatura. Una apuesta arriesgada porque implica caminar a la orilla de un abismo. Sólo los escritores verdaderos, como él, hurgan en profundidades del tamaño del alma humana. Pocas personas están hechas de esa madera. Yo no, por cierto.

Somos muchos sus hijos literarios. Con todos pasó experiencias similares o más entrañables aún. Era su forma de transmitirnos su ímpetu por escribir y, sobre todo, por vivir. Aunque algunos no querrán reconocerlo. No quieren darse cuenta de que sobre su hombro hay una mirada atenta, escrutadora, y una sonrisa sarcástica que en cualquier momento se convertirá en la risa escandalosa de un niño que acaba de hacer una travesura. Esa presencia que en este momento me observa y a cuya memoria bebo un trago.[1]

He llorado dos veces la muerte de un padre. El sentimiento es poderoso, pues poderosa es la sangre (en el primer caso), porque la sangre también es amorosa cuando padre e hijo la procuran. Pero también cuando la letra, y una que otra nota musical, abren el lugar adecuado en el alma para quedarse dentro hay razones para el llanto. Y también para la vida.

 

Francisco de León,

Ciudad de México, febrero de 2018.

 

 

 

 

[1] Publicado en http://kajanegra.com/eusebio-en-la-memoria/

 

Please reload

Please reload

April 4, 2019

January 4, 2019

January 4, 2019

December 26, 2018

Please reload

Síguenos
  • Facebook Basic Square

Escuchanos los viernes por 

UABC Radio   

1630 AM

  • Facebook Social Icon
Siguenos X
  • Facebook Classic