Reflexiones sobre KIWI

13/02/2018

 

Kiwi es una niña de la calle que nos relata su historia, pasando por aquellos días en los que tenía un hogar, hasta aquellos en los que no tuvo nada. A lo mejor para ella lo más importante es el amor, el hogar y la amistad, y con sobrada razón, pues ¿de qué otra cosa nos puede hablar alguien que no tiene nada, que vive en la miseria, si no es de los temas más elementales del ser humano? Aquellos de los que ni los más ricos ni los más pobres pueden escapar… 

Pero nosotros, los espectadores, en la comodidad de nuestro asiento, podemos ver otras cosas, como puede ser el peso de la injusticia social o el fracaso de los procesos bajo los cuales se construyen nuestras ciudades para regocijo de sus habitantes… y a pesar de sus habitantes. Podemos, incluso, al son del desarrollo de la historia de Kiwi, remembrar hechos concretos que dan fe de que su historia no es para nada una historia fantasiosa, es más, parece sacada de un libro extraoficial que cuenta a detalle cómo se las gasta el estado mexicano para construir sus plazas, industrias, fraccionamientos, edificios, o para tener el distingo de ser sede de un mundial de futbol, así tenga que descontarse a su población, sus zonas arqueológicas, sus bosques, etc.

 

Kiwi, queriéndonos mostrar sus sueños más guajiros, más inocentes, y sus vericuetos de abandono, nos enseña un lado oscuro de la realidad: el de la prostitución, la delincuencia, el genocidio, la pobreza, la injusticia…

 

Y esta, creo yo, es una buena y trágica historia de una realidad todavía más trágica.

 

Pero por otro lado, me parece que lo que se cuenta es muy diferente a lo que sucede en escena. Y voy a tratar de explicar por qué. El planteamiento del espacio escénico es abierto, de manera que los signos serán la base a través de la cual se irán construyendo los espacios específicos y el ambiente de cada escena, dígase una casa derruida, una calle transitada, un árbol, un supermercado en plena vendimia, una matanza. En este sentido, la precisión, la creatividad y la capacidad de generar significados a través del movimiento y las acciones de los actores son definitorios, porque se conjugan en un cien por ciento con los elementos significantes, dependen de que estos se logren para desenvolverse con verosimilitud y precisar el espacio en el que van ocurriendo los hechos, darle sustancia, por así decir, a la narración. Si el signo no se logra el actor puede rescatarlo con su capacidad interpretativa; por ejemplo, hacer valer unas cubetas por unos muertos, o denotar premura o ruptura temporal a la sonorización (llevada a cabo por Luis F. Gallego) o a la iluminación (Ramón Verdugo y Jesús Quintero). Pero si el actor no lo logra, los signos perderán su significado o su fuerza, provocando imprecisiones a lo largo de la obra.

 

Respecto a esto, digamos que hay varios retos que plantea el texto y se acentúan con la dirección, apuntando a un dinamismo que exige cambios en todo momento: cambio de espacio, de tiempo, de nivel de comunicación (o sea, que el personaje le habla a otro personaje presente o ausente, a sí mismo o al espectador)… y por lo tanto, se desencadenan cambios en el estado de ánimo de los personajes, en la emoción, el estado psicológico, etc., que en el actor serán visibles a través de la voz, el cuerpo, la intención, la postura, el ritmo… y para colmo, estos cambios no se dan de manera lineal, sino interrumpida.  

También está el asunto de la historia. Sabemos que Kiwi pasa hambre, frío, miedo, sueño, sabemos que está preocupada, contenta, triste, sabemos cuáles son sus aspiraciones más profundas, dónde está y qué está haciendo, sabemos que crece, que madura, sabemos todo esto porque Kiwi misma nos lo está diciendo y además nos lo está enseñando. En la medida en que Kiwi (interpretada por Nadia López) logre enseñárnoslo de verdad, podrá revelarse lo que Kiwi no nos está contando conscientemente. Y pregunto: ¿qué es lo que ella nos cuenta? ¿Tenía razón yo al decir que nos habla de amor, amistad y hogar? ¿O será que ella nos hablaba de injusticia, abandono y miseria? ¿Desde qué ángulo se planta Kiwi? ¿Desde la inocencia o desde la inconformidad? Desde mi punto de vista, Kiwi, en su inocencia, no sabe que padece una de las facetas más tristes de la realidad. Ella debiera encarnar la pureza en medio de un mundo corrupto.

Y Litchi (interpretado por Luis Calva), no es sólo un personaje satélite que gira en torno a Kiwi, atrayéndola y acompañándola, es un personaje muy interesante, que a mí me remite al Virgilio de Dante Alighieri… Es quien lleva a Kiwi, quien la instruye, quien la bautiza, quien recorre junto a ella ¨el infierno, el purgatorio y el paraíso¨. Litchi no es malo ni bueno, pero tampoco es neutral, él guarda en sí la paradoja de dar lo mejor por medio de lo peor. Nos hace olvidar que es un error pensar que el fin justifica los medios, nos hace pensar que Kiwi tuvo suerte por haberlo conocido. Si Litchi no cumple un rol a esa altura, no puede ser más que un personaje de segundo orden, y el final de la obra tendrá otro sentido.

Y bueno, en pocas palabras, veo que hay un texto (de Daniel Danis) y una dirección (de Ramón Verdugo) abiertos, que plantean al actor el reto de dar sustancia, orden y significado escénico. Dejo abierta la cuestión de en qué medida se logra…

 

 

El resto del equipo está conformado por Valeria Vega-Kuri (Asistente de dirección), Jesús Quintero (Diseño de imagen publicitaria y Coordinación de producción), Enciso Consulting a cargo de Relaciones públicas y prensa.

Es una producción de Tijuana Hace Teatro en colaboración con el Programa de Apoyo a la Producción Artística (APROART) 2017, del CECUT. Fue presentada en Teatro las Tablas, el día sábado 3 de febrero a las 7pm.

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