La Memoria Hecha Polvo - Segunda Parte-

II

De los encuentros

 

Bajo en estación Coyoacán y camino con rumbo al museo de las intervenciones para tratar de encontrarme con Miriam, mi sobrina, quien ya sé que se encuentra bien, pero quien no ha podido salir del área en que se encuentra su escuela por falta de transporte. Quiero avisarle que ya estoy cerca, que me espere cerca de su escuela, pero el teléfono ha dejado de funcionar. Ni llamadas. Ni mensajes. Nada. Acelero el paso, alrededor todo es confusión, shock, pero también destello, un poquito de luz. En avenidas como Churubusco, los automovilistas se detienen y dicen a los transeúntes a dónde se dirigen, les preguntan si les viene bien la ruta, y en un gesto que no deja de sorprender, ambas partes deciden confiar, emprender el camino como desconocidos con algo más que un mero deseo de que la travesía terminará en buen puerto. Veo partir a más de una docena de peatones. Yo mismo debo rechazar un par de ofertas de “aventón” explicando que voy relativamente cerca. En la marcha atestiguo lo que hacen las grietas, no sólo con los edificios, sino con sus habitantes, con los que habían decidido formar un hogar, un refugio ante los peligros del mundo exterior. Las grietas producen entonces llanto, dolor, una tristeza enorme por la muy probable pérdida de aquello que con tanto y tanto trabajo, tal vez, habí cobrado forma de casa. Todos estamos afuera, pues ante la devastación, afuera es el único lugar posible.

            Recuerdo que la noche después de lo ocurrido aquella mañana de septiembre de 1985, muchos de mis vecinos se dieron a la tarea de cerrar las calles para “acampar” en el asfalto por miedo a que las réplicas del terremoto causaran nuevos destrozos, nuevas grietas, más cercanas y terribles. Se respiraba mucho miedo, uno podía sentirlo cercano, abarcador. Nadie entraba a sus casas salvo para bañarse (cuando había agua) o traer algo de comer. Pero eran rápidos. Procuraban salir de nuevo tan a prisa como fuera posible; como si dentro de casa hubiera una amenaza mayor de lo imaginable. De a poco el miedo se transformó en otra cosa, sobre todo cuando algunos volvieron cubiertosd¡ de polvo, de todo lo vivido en las entrañas del desastre. Sus familiares se acercaban a ellos con un abrazo o con comida o con ambos para luego dejarlos entrar a casa para, con base en duchas y un poco de calma y cercanía remover el polvo acumulado en la jornada. Los del campamento improvisado contaban historias que ya no eran todas tristes o desesperadas, sino repletas de la humanidad que a todos se nos había puesto en juego.

            Aquella tarde de septiembre de 2017 tratando de orillar unas cuantas de las muchas piedras que se habían formado de los desfallecientes muros de las casas. No, aquí la devastación no fue tan terrible como en otros lugares que se seguían mencionando en las noticias que llegaban por todas las vías posibles, y aún así, la necesidad de estar afuera  y el miedo latían como sonido de fondo. Todo fondo posible… Tengo hambre. Me detengo en una tienda pues no considero tener tiempo para comer. Compro unos Twinkies y los devoro más con el afán de vencer el mareo causado por el hambre. El tendero dice algo sin dirigirse a nadie en particular: “No hay luz desde hace horas y dudo regrese hoy”. Los que estamos en el pequeño local asentimos. “Y empieza a oscurecer. Yo espero alcanzar a llegar a casa”, dice otro de los compradores, “no he podido avisarles que estoy bien”. Asentimos de nuevo. Escuchamos todos. Y creo que también queremos decir algo. Queremos decir algo del difícil camino a este punto, hablar de la situación que a todos nos aqueja. Tratamos de articular lo que se dice y lo que se escucha, y aunque el mundo todo parece desarticulado, el escuchar y ser escuchados nos proporciona a todos cierto consuelo.

            Llego al Museo de las intervenciones y Miriam, mi sobrina, no está ni en su escuela ni en el parque cercano. Tengo hambre y culpa por sentir hambre en un momento así. Me invade esa tonta sensación de que aguantar así una necesidad elemental en un momento así es una forma de empatía. No lo es. Como algo más en forma y retomo mi camino. Aún no sé nada de Miriam, ni de nadie más allá de los que están a mi alrededor: los que temen, los que tratan de decir algo gracioso, los que se quejan, los que comen algo en silencio, los que vagan por ahí sin rumbo aparente conforman un crisol urbano que aunque contiene formas que nos son habituales, hacen evidente que ya nada es igual. Decido ponerme rumbo a casa con el vago deseo de que las comunicaciones se reestablezcan y pronto pueda reencontrarme con Miriam. El estado de mi casa me es todavía incierto. Mis vecinos tampoco han respondido mis llamadas y escucho rumores de que mi barrio salió muy afectado. Estoy nervioso y ansioso por llegar. No es así. De camino me llega al fin el aviso de dónde está Miriam. Voy por ella a casa de una amiga que ha ofrecido refugio a todas sus compañeras que por el caos de transporte no han podido volver a sus respectivos hogares. Me toma cerca de una hora llegar a pie al lugar. Para entonces ha oscurecido ya y la lluvia, aunque ligera, se mantiene constante. Tocó el portón. Un “¿Quién?” temeroso se escucha apenas del otro lado. Digo quién soy y a qué he venido, la puerta se abre y un par de minutos después aparece a fin Miriam. Nos abrazamos como si tuviéramos mucho tiempo sin vernos, sin saber el uno del otro, cuando en realidad hace apenas unos días ella, Bernardo (otro sobrino) y yo, nos tomamos un sábado de vagancia por la ciudad, uno de esos días relajados que le hacen creer a uno que la vida cotidiana seguirá siempre así, con un flujo de tranquilidades y goces compartidos. Nos abrazamos, digo, y se me confirma que, como dice Levinas, los nuestros también son nuestros otros y que su cercanía es fundamental para tomar fuerza y reconocer también a esos otros que, aunque lejanos a la sangre, la amistad o la camaradería están también ahí, con sus rostros más allá del rostro, frente a nosotros, esperando reconocernos. Nos abrazamos, y entre nosotros, sin apartarnos ni un milímetro, cabe la ciudad entera.

            Ya rumbo a casa nos detenemos a comprar víveres para la noche. En el supermercado reinan la inquietud y el enojo. Y es que sumado a la incertidumbre de lo que vendrá, la tienda, reetiquetando a toda prisa, han subido hasta el triple productos que se hacen muy necesarios en momentos así. No sin dolor, abandonamos el lugar con la triste evidencia de que para muchos seguimos siendo no más que consumidores.

“No sé en que estado se encuentra mi casa”, le digo a Miriam. Unos pasos más y el pequeño edificio aparece por fin a la vista. El lugar se encuentra entero y fuerte por lo que podemos comprobar al entrar: no hay grietas, ni daños severos en la estructura, ni fugas de gas, ni nada realmente serio. Al abrir la puerta de mi estudio, comprobamos los pequeños estragos  tras la tempestad: todos los libreros se han caído consumen la escena; incluso simple vista muchos luces maltratados. Con cuidado levantamos, sin reparar demasiado en un orden que meses antes había procurado, cuidando con especial atención aquellos ejemplares que están doblados, un poco rotos. Estos Libros desde los que tantas formas de encuentro y reflexión he obtenido a lo largo de los años, en su caída, me regalan una lección más: lo que se ha caído no es sino unas cuántas formas y lo esencial de ellos sigue en pie y debe colocarse en la vida.
Mientras colocamos todo en el piso o en las cajas que les sirven de hogar provisional, me encuentro con el ejemplar de La resistencia íntima, del querido Josep María esquirol. Lo abro lo hojeo y encuentro en un maravilloso azar estas líneas:
El mortal debe resistir, aunque sea provisionalmente. Todo, desde lo mas exuberante a lo más discreto, desde lo más fuerte a lo más frágil, todo está destinado a desaparecer; a quedar disuelto por el paso implacable del tiempo y hundirse en la oscuridad. Todo, y también lo humano que posee el trágico don de lo que solemos llamar conciencia de la propia finitud, en absoluto obsesión, sino reflexión, no lleva a superación alguna. Lleva a la resistencia. Derrida la llama demeure, indicando tanto el lugar donde se permanece, como la acción de permanecer, de persistir. Demorar es tanto recordar como permanecer en algún lugar durante cierto tiempo si se articulan ambos significados: permanecer en algún lugar retardando el final. El término procede latín demorari, qué significa “esperar” y “tardar”. Según Derrida hay siempre una idea de espera, de contratiempo, de retraso, de dilación o de prórroga [tanto] en la demora como en la moratoria […] Y así vivir es sobrevivir; sobrevivir no es un derivado de vivir, si no más bien al revés:  <<No sé si sobrevivir es un imperativo categórico, creo que es la forma misma de la experiencia y del deseo irrenunciable>>. Sobrevivir es retardar el momento de la muerte, pero, a la vez, va más allá de la muerte. El sentido de la casa no sucumbe con la llegada de la muerte.
Cierra libro contemplo la casa que está más allá de la mirada. Hemos sobrevivido. Hemos muerto. El encuentro nos obliga a la calle.

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April 4, 2019

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