Pequeña reflexión ante el diluvio.

Este texto es una reflexión trasnochada que llega demasiado tarde. Durante dos semanas postergamos su redacción y culminación esperando que algo sucediera y pusiera luz sobre el escenario del año que corre. Pero nunca pasó nada. Este texto, entonces, responde a una necesidad doméstica por hacer balance -acaso personal- de la vida que se nos está yendo. Que se lea así, con la parsimonia de quien lee un documento inconcluso que se guarda en un cajón.

El 22 de diciembre de 2016, el historiador sudafricano Achille Mbembe publicó un artículo en el sitio electrónico Mail & Guardian titulado The age of humanism is ending, en el cual hace un diagnóstico del estado de las cosas de una sociedad que avanza sonriente hacia la sustitución gradual de lo político por una economía de mercado que tiene su máximo representante en el poder financiero del neoliberalismo global, así como a la instauración de regímenes que normalizan la violencia cotidiana y regulan las formas de vida de las colectividades atravesadas por la ideología capitalista. La militarización y financierización de las realidades sociales, pone de facto una hipótesis que Franco Berardi Bifo señaló en su libro

 

de 2012, La sublevación (editado en México por Sur+):  “(…) desde 1977, el proyecto de la ciencia (o tecnología, no lo sé) económica es el del sometimiento de las relaciones humanas a una única meta: competencia, competencia, competencia. Actualmente competencia es una palabra normal, natural. Y eso no está bien, porque competencia significa violencia y guerra.”

Tanto para Mbembe como para Bifo, la cultura competitiva del mundo contemporáneo hace operar una lógica que desestabiliza las relaciones personales, afectivas y, sobre todo, políticas de sus indivíduos. En un entorno así, palabras como “diferencia”, “colectividad” y “otredad”, resultan extrañas pues se escapan de la dimensión que ha impuesto el poder financiero al no emparejarse con el discurso de la ‘ganancia a toda costa’ que, desde hace tiempo, ha tomado un lugar privilegiado en nuestras sociedades. Y es que “ser el mejor”, “seguir siempre adelante” y “estar siempre a la cabeza” son estrategias prioritarias de una democracia global que más se parece a un juego de rol en línea, que a una verdadera política de y para el pueblo, desterrando casi por completo otro tipo de pensamientos y reflexiones (y creemos necesario incluir creaciones) que abogan por la vida en común (o lo común en la vida) centrada en la diferencia.

“No hay indicios de que el 2017 vaya a ser muy diferente del 2016”, dice Mbembe al inicio del documento. Luego, 2017 nos recibió no sólo con una realidad desencajada que abanderó una xenofobia salvaje en la Europa occidental, sino con la zozobra mundial que atestiguó la instauración del régimen trumpista y su programa de segregación racial, y una escalada en la violencia del país que tuvo en el Octubre pasado su pico más alto (violencia que por cierto ha empañado, también -de manera muy especial y desde hace años- la vida de las mujeres: según datos del INEGI, en 2017 hubo 914 asesinatos registrados tan solo en el primer bimestre del año; para noviembre había un conteo de 1824 mujeres asesinadas, que la ingeniera María Salguero registró en un mapa virtual de Google, que incluye datos extraídos de la prensa). En efecto, no hubo diferencia. Pero el año que corre tampoco parece escaparse de la predicción.

En México, 2018 será un año que lleve a cuestas una crisis de representatividad que tiene su precedente en la historia completa de latinoamérica; en paralelo con los comicios en países como Brasil, Cuba, Venezuela y Colombia, las elecciones mexicanas definirán el futuro de las comunidades latinas en todo el continente frente a la avanzada del pensamiento separatista (acaso proto-fascista) que sigue empujando el gabinete de Trump. En este marco se pondrá a prueba la potencia (o el fracaso) de una democracia que ha dejado fuera de escena -muy mayoritariamente- a las mal llamadas ‘minorías’. Y es que con la expansión y politización de las narrativas fundamentalistas y/o conservadoras (maquilladas, en muchas ocasiones, de giros incluyentes en las agendas partidistas), pareciera que dicha democracia pone a tope de lista estrategias que buscan la alianza con empresas internacionales y sectores conservadores dominantes con el único fin de ganar votos y preservar ideologías ancladas en la barbarie, la competitividad y la anulación de sujetas sociales subalternas que nunca han encontrado en los gobiernos espacios de representación política. Ejemplo a cuento, está la declaración que el presidente de la Coparmex, José Antonio Quintana Gómez, hizo en Puebla el Octubre pasado respecto al movimiento mediático y social devenido de la desaparición y asesinato de Mara Castilla: “Etiquetar al estado con una alerta de género pues sí podría ser factor para que el desarrollo económico, el turismo, nuevas inversiones se pudieran detener o espantar de venir a Puebla. Es un tema de responsabilidad el promover o no promover ese tipo de alertas.”.

En un país donde la palabra “feminicidio” aparece como un concepto clandestino -incluso prohibido- en el lenguaje de la gente (como si dejar de nombrar la brutalidad la hiciera desaparecer: igual que un niño que cierra los ojos para combatir al monstruo de debajo de la cama), la implementación de la alerta de género en los estados marcados por el horror es ya un paso minúsculo y obligatorio para un Estado que busca a toda costa no hacerse responsable del cuerpo de sus ciudadanas. Aunque la alerta no erradique la emergencia, al menos coloca la mirada en una herida que ha atravesado durante demasiado tiempo nuestra vida: desde 1993, cuando los crímenes perpetrados en contra de las mujeres en Ciudad Juárez empezaron a cobrar notoriedad, México se ha ido colocando entre entre los 25 países con mayor índice de feminicidios en el mundo. “Hoy, todo México se ha convertido en un gigantesco Ciudad Juárez”. No importa qué tanto el futuro de los cuerpos pueda ser puesto en juego, no importa qué tantos huecos queden en la vida de las familias y comunidades, no importa que alguien se sienta en riesgo o vulnerada o agredida, tampoco importa que, de a poco, el mundo se vaya quedando sin santuarios (porque igual se nos mata o desaparece o viola en la escuela, en la casa, en el campo o en la calle), no importa nada, siempre y cuando la productividad y el trabajo sigan a la alza.

Ante un marco como este, la pre-candidatura independiente a la presidencia de la república de María de Jesús Patricio Martínez -vocera del Concejo Nacional Indígena-, supone un acontecimiento importantísimo que da una vuelta de tuerca a esta crisis de representatividad al lograr articular, en medio de la catástrofe, un discurso que va a contra pelo del pensamiento neoliberal. Sin embargo, y a pesar de que ya son muchos los círculos y sectores que han manifestado el apoyo a su candidatura, a la fecha en la que este texto es publicado, aún se encuentra muy lejos de obtener las firmas necesarias para consolidar su participación en los comicios de este año (apenas 13.5%, según su página oficial). Nada gratuito: el escaso apoyo recibido por parte de la población general -e incluso el abierto rechazo a su mera presencia en el escenario electoral mexicano, como si una mujer indígena no fuera digna del puesto-, pone en foco las lógicas de exclusión que atraviesan el devenir de nuestra democracia (¿representativa?). Y es que de no conseguir el registro oficial, quedará expuesta una realidad brutal que intenta suprimir la presencia de comunidades enteras en el horizonte político nacional. Tal vez, en ese sentido, el ejercicio planteado por los miembros del CNI está ya logrado: evidenciar dicha exclusión, sus mecanismos y sobre todo, su contundencia: si la realidad dibujada por los poderes fácticos acepta al otro, será solamente si ese otro está moldeado no sólo a imagen y semejanza, sino también sujeto a su deseo, a todas aquella formas que lo colocan en la mirada en tanto que ente folclórico o de plano lejano para, así, poder “tolerar” (palabra cruel) su presencia.

2018, aparece entonces -al menos en el país-, como una ventana de contingencias análogas que hallan su correlación en la urgencia de proyectar estrategias que hagan frente a la cruenta realidad que se ha venido construyendo, pero no desde el señalamiento o la denuncia como mero proceso mediático o ejercicio espectacular con el fin de inundar el ojo de cibernautas, televidentes y demás consumidores de los medios de la inmediatez. Debería tratarse, en todo caso, de un ejercicio realmente político que permita pensar nuevos proyectos de nación, ya no con las limitantes que la hacen desbordar en el fascismo y otros excesos -como los que señala Mbembe-, sino como proyectos en que la comunidad, es decir lo común, estén dados por los terrenos de encuentro (el gobierno, la educación, la cotidianeidad, los afectos) y lo público.

 

COLOFÓN.

El más reciente filme de Christopher Nolan, Dunkirk narra la desesperación de los aliados, sobre todo ingleses, por regresar a Inglaterra después de ser cercados en la ciudad francesa de Dunkerque entre mayo y junio de 1940. En la historia, el gobierno inglés ha decidido dejar de enviar tropas y navíos con el fin de guardarlos para la guerra que esperan se dará en sus costas. Hacia el final de la película, los soldados abandonados a su suerte son rescatados por civiles ingleses que responden al llamado de Churchill.

Hay un momento en particular en el que un personaje llamado Mr. Dawson (un civil que se dirige a Dunkerque en su yate), ante la negativa por parte de un piloto que rescatan en el mar de volver a las costas francesas, contesta: “Se hizo el llamado… no seremos los únicos en responder”. Más adelante, una flota de botes civiles llega al rescate de los soldados acorralados. Tras los binoculares, el comandante Bolton mira a los civiles llegar. Un capitán le pregunta qué es lo que ve, a lo que el primero responde: “Casa”.

El 2017 fue, sin duda, un año muy duro. Sin embargo,  hemos visto algo parecido a lo que Bolton vio tras los binoculares: luego del sismo del 19 de septiembre, muchos respondieron a la urgencia; conocidos y extraños salieron de sus casas a tomar palas, picos y cubetas, preparar comida para los rescatistas, comprar víveres para los damnificados, ofrecer sus casas, coches, y manos. Sí, 2017 fue un año muy duro y el 2018 se mira nebuloso, sin embargo el llamado está hecho (y no un llamado que ostenta la bandera del Estado como en el filme de Nolan, sino uno lanzado desde el fondo de la laguna que implica el quiebre que está por venir), así que nos toca responder otra vez. Pero ya no desde la presunción heróica que cuelga una fotografía en Instagram, Twitter o Facebook, sino desde un gesto que se encuentre con el de otros, esos otros que comparten el espacio y tiempo comunes, un gesto que devuelva la palabra comunidad al vocabulario de la gente, gesto anclado en la sororidad de la lucha feminista (lucha que, como dice Paul B. Preciado, ya no opera desde la violencia, sino desde el cuidado del otro y de sí), un gesto que articule otros espacios de representación en los cuales podamos hallarnos juntos y desde ahí, poder hacer frente al diluvio.

 

Texto originalmente publicado en https://teatrodesdelagrieta.wordpress.com/2018/01/13/uno/#more-260

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