IMAGINEN UNA PIEDRA EN SU ZAPATO

Imaginen una piedra en su zapato. Acto seguido, imaginen esa ligera, pero insistente molestia que les produce, esa sensación de querer seguir en camino a sabiendas de que en un paso cualquiera habrá que detenerse a sacar ese ligero estorbo. Imaginen esa conocida e inexplicable resistencia que uno tiene a finalmente librarse de la pequeña piedra. Al fin se detienen, sacan la piedra, al fin, no sin antes mirarla con esa definitiva sorpresa que llega al darse cuenta de que algo tan pequeño ha logrado que interrumpamos la marcha, que el mundo se detenga. Porque el mundo, al menos en su regularidad devoradora, ciertamente se ha detenido por lo menos un instante. El cotidiano ha sido quebrado por el diminuto intruso.

 

Imaginen ahora que esa piedra, otrora invasora de zapatos, se agiganta, así, de repente, pasa de estorbo a aspirante de Gólem siniestro (o algo por el estilo) y les persigue para devorarlos o para aplastarlos y sentirlos ahora a ustedes como piedríta en el zapato… imaginen ustedes… lo que sea, pero imaginen.

En días recientes dos situaciones llamaron mucho mi atención: la primera, la tan comentada versión de Carmen de Bizet que escandalizó al público italiano y ciertos comentarios a la muy elogiada cinta de Guillermo del Toro La forma del agua. De la primera tengo apenas las referencias de los periódicos y el video publicado por el diario El país en su sitio de internet[1] en el que se ve a la protagonista matar a su abusador, en lugar de que ocurra al revés como en la pieza original. Según se lee en muchas de las notas (y en algunos de los comentarios de usuarios de muchas redes, la molestia principal tenía que ver con una especie de purismo que impide a los “amantes” de la ópera romántica pensar un cambio tan “radical”.  

En lo referido a la cinta de Guillermo del Toro, los comentarios se encuentran más bien a pie de página, se trata de los muy clásicos comentarios que tratan de hacer menos un trabajo más desde la furia que desde la crítica, más desde la broma o el meme fáciles que desde la reflexión. En los variopintos mensajes se acusa a la cinta de ser inverosímil, “porno para peces”, “la bella y la bestia posmo” y cosas por el estilo.

A leer las dos notas y los comentarios, yo no puedo sentir sino una inmensa alegría. Alegría porque todavía nos quedan momentos en que el arte es capaz de sacudir, de remover un poco o un mucho la consciencia de nuestro tiempo, que es capaz de remover una idea, un instante que delate o nuestros prejuicios, o nuestros temores, o hasta emociones que, aunque simples, algo delatan de nuestra condición vital. Me gusta, en fin, que aun haya un arte capaz de ser una pequeña molestia, una piedra en el zapato, en muchos zapatos

El caso de La forma del agua es particularmente interesante, pues, sí, como dicen algunos, es inverosímil, pero justo por su género, el fantástico. Su tono de cuento de hadas desde el inicio no deja lugar a dudas de que lo que será puesto en pantalla tiene sus reglas no en nuestro mundo, sino en una transfiguración del mismo. Se trata de una narración en que la fantasía hace su entrada en todo momento: la protagonista vive sobre un cine, hay un contacto con lo clásico del séptimo arte de manera constante y fundamental, y así es toda su atmósfera. La entrada del monstruo a este mundo, cobijada por dicha atmósfera, se da como un paso natural, posible. Elisa es, en su mundo también un ser fantástico, extraño, así que es quien más naturalmente acepta la llegada de lo monstruoso. Y de ahí, una relación que crece con puro cine: la narración está no sólo en la trama, sino en los movimientos de cámara, en los cambios de color (siendo el verde el predominante), en la música de apariencia subacuática. Y sí, para muchos puede ser demasiado el romance humana-pez, pero no lo es así para los amigos de Elisa, quienes también son otredades en un mundo que se les muestra hostil y cruel en todo momento. Así que, ciertamente se trata de una pieza imposible, pero imposible que nos delata con todas nuestras flaquezas. El género fantástico, que aunque cada día más aceptado, sigue habitando en una oscura esquina, tiene la facultad de desatar furias y pasiones desde su condición de imposible. Y hay que alegrarse de que así sea, que no se conforme por dar lo que la tendencia indica que hay que ver.

No se trata de acusar a quienes se oponen a esta clase de expresiones (sean en tono realista, como en Carmen, o en nota fantástica, como en La forma del agua, se trata, creo, de alegrarnos de que aún hay obras que son piedras en el zapato y que hay piedras (como nuestra piedra golémica al inicio del texto) que son actos de la imaginación que, por sobre todo, invitan, a propios y extraños, al diálogo.

 

 

 

 

[1] https://elpais.com/cultura/2018/01/09/actualidad/1515529053_880482.html

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