I

 

De la sacudida

 

Aquella tarde de septiembre de 2017 la ciudad lanzó un grito que parecía decir: “¡Despierten! Aunque tal vez muchos no despierten ya”. Y en su voz hubo una exigencia ineludible, una especie de ordenanza que fue sacudida. Fuimos obligados a despertar justo en el instante en que pusimos pie en calle, que fue el mismo instante en que la confianza que hemos puesto en nuestros edificios que saturan el paisaje fue violentada, que fue también el instante en que ningún sollozo o llanto o grito u oración serían suficientes para detener la sacudida, que fue el instante, en fin, en que la calma nos sería negada. Y es que eso hacen eventos de esta magnitud: arrebatan una calma que, tal vez, hace mucho ya nadie merece, reordenan mucho más que el orden físico al recordarnos la vulnerabilidad que nos encarna, vulnerabilidad que es la única verdadera constante de nuestra humana existencia. Esa que antes de aceptar pretendemos blindar, siempre destinados al fracaso. Esa mañana, pues, la ciudad gritó a sacudidas y las plantas de nuestros pies, de todos nuestros pies, no volvieron a echar raíz como antes, como en ese sinsentido que llamamos antes.

            Como hace treinta y dos años las noticias de la devastación llegaron pausadas, mediadas. Aquella mañana de septiembre de 1985 mi padre encendía la televisión y mi madre levantaba el teléfono sin que ninguna señal fuera lanada desde alguno de los aparatos. Fue la radio la que nos dio el aviso, la que, más inmaterial y fantasmática que nunca, hizo primer recuento de los daños, de las heridas que aceleradamente iban quedando, de las nubes de polvo que significaban que tanta y tanta vida se agotaba. Mi padre entonces subió a la azotea para anunciarnos: “No se ve Tlateloco”. Y Efectivamente. Tlatelolco no se veía. No totalmente. No nunca más.

            Aquella tarde de septiembre de 2017, serían otros los medios en que la catástrofe se nos haría presente. En las diminutas pantallas de teléfonos celulares, la gente a mi alrededor leía noticias publicadas al instante, en un flujo de informaciones que todavía hoy nos alcanza; miraban videos que, alguien con un equipo similar, desde algún otro lugar, había grabado en el impecable e irreal HD, que entonces deseamos que fuera más falso que nunca, que fuera no más que el engaño de costumbre con que llenamos día a día nuestras miradas. Pero no fue así. La realidad nos devolvió la mirada, en seco.

            Los éxodos personales comenzaron. Sin dejar de ver los teléfonos todo mundo marchaba, abandonaba los lugares en que se encontraban para buscar algún medio de transporte que los llevara a casa, sin la seguridad de hallar ni el transporte ni el hogar. Pero todos marchaban. Entonces la ciudad reclamó para sí ese particular suspenso que llega con la catástrofe. El momento en que todo se mueve y, sin embargo, parece negarse a avanzar, a poner en marcha la vida. Se trata del movimiento de un tiempo profundamente encarnado, silencioso y que duele aunque la voz no se quiebre y las piernas no dejen de moverse. Es con ese ritmo que abordo el tren. Frente a mí, una mujer de unos cincuenta años mira al frente, me atraviesa con la mirada, como si frente a ella no estuviera yo, pero tampoco el resto de la gente, ni el tren o la calle, sino sólo aquel lugar al que trataba de llegar. En los asientos de ventanilla dos hombres jóvenes no paran de quejarse porque el tren no llegará a la terminal Buenavista: “Si yo no veo edificios caídos a mí me llevan hasta mi casa, hijos de su puta madre”, vocifera uno. Y yo cierro el puño anticipando el golpe que sé que no atreveré, pese a la certeza de que cada frase que pronuncien me enojará más y más. Efectivamente así es. Fúrico y preocupado bajo del tren y emprendo camino a una estación del metro que, dicen, continúa abierta y en servicio. Sin pensarlo mucho sigo a la gente, esperando vayan al mismo lugar. Nadie dice nada, sólo avanzamos. De a poco unos abordan un microbús, un taxi, unos continúan a pie. Yo entro al metro en Ferrería, zona que me es nada familiar y que, pese a ello, cobra a partir de ese momento un significado tremendo.

            Mientras estoy en Lacalle recuerdo cómo varias horas después de lo ocurrido aquella mañana de septiembre de 1985 mi padre nos hizo subir, a mis hermanos, a mi madre y a mí a la Dodge roja que tenían en aquellos días, para tratar de encontrarnos con algún familiar que vivía cerca de las muchas zonas de desastre y de quien no se sabía nada todavía. Como era costumbre, yo me encontraba en la parte trasera del auto, observando aquello que no era costumbre: la caída de la ciudad, con su mucho polvo, con su mucha desolación, con su aún más abundante olor a muerte, a muchas muertes, que incluso hoy perdura en mi olfato. “Ya encontraremos otra forma de comunicarnos. Mejor hay que regresar”, escuché decir a mi padre mientras dábamos media vuelta, mientras la devastación quedaba atrás y ya para siempre frente a nosotros.

            Aquella tarde de septiembre de 2017 el paisaje urbano todavía dominaba, o fingía dominar, más bien. Pues aunque el polvo y la desolación y el olor a muerte no eran tan potentes, dejaban pruebas claras de estar ahí. No debíamos prestarnos a engaño. Estaban ahí. En el interior del metro no podía dejar de preguntarme debajo de cuántas ruinas pasábamos en el trayecto. La certeza de pasar a toda velocidad y con toda calma por debajo de los escombros me hizo cerrar los ojos, pues la ventana junto a mí, que no daba sino a la oscuridad del túnel, me resultó insoportable.

 

*Fotografía tomada de 30 datos sobre el sismo del 19 de septiembre de 1985, revisado en sopitas.com

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