CRÍTICA DE LA SENSACIÓN Y LA EMOCIÓN PURA

26/12/2017

 

 Reseña vivencial y algunas reflexiones sobre “Desensibilización y Reprocesamiento” de Mónica Mancillas.

 

 

 

 

 

 

El ojo es un vértice entre lo interno y lo externo. Ya se dijo antes: El ojo y su aura: la mirada “son las  puerta del alma”. El ojo, es la entrada de la realidad sensible,  concretamente del mundo de la imagen. El ojo facilita el acceso de información del exterior, pero la mente, los procesos de cognición y la razón, posibilitad la compresión y la interpretación de dicha información. Una vez procesada cierta información, asumo que un cuadro es un cuadro, una mesa es una mesa, o que una rosa es una rosa.

 

Hablando del ámbito de lo subjetivo, la relación entre realidad y mente se transforma, entonces la realidad objetivada, pasa a ser interpretada, ya no tan sólo traducida o codificada. Por ejemplo una obra de arte.  Debray (1994) nos dice ““La pintura tiene sentido para el contemplador”. Lo cual implica que una pintura, una imagen,  o cualquier obra escénica, sólo alcanzan significación en la interpretación del observador. Y de lo cual podemos afirmar, que el artista es incapaz de hacer arte, el arte lo hace quien contempla. El artista sólo puede sugerir (cualquiera que sea su técnica o disciplina) un conjunto de disposiciones, y el receptor a partir de sus disposición hacia la obra y referencias, la interpreta o vivencía. Tal interpretación es única e intransferible. 

 

La obra de Mónica Mancillas, es un gran ojo que se mueve y nos mira, y que nosotros podemos ver a través de esa mirada, nos mira, mirarlo y al mismo tiempo mirándonos, viendo a los otros en él y a nosotros mismo.

 

Al inicio, con luz muy tenue, seis cuerpos se encuentran en el espacio, se miran, se concentran hacia el centro, muy cerca uno de otro, y mantienen sus miradas con los otros, ya juntos se vuelven hacia las graderías y nos miran. Su formación da la sensación de crear un gran ojo en el espacio, que nos mira también, ellos son un ojo de luz que resalta en lo oscuro del escenario,  son un ojo vivo en la inmensidad de la nada.

 

Poco a poco, el ojo se mueve, se disgrega y se desdobla hacia adentro. Como una psique  meditativa que de dispone a observar hacia sí misma, observar  sus recuerdos, las sensaciones, y sus memorias. Lentamente  nos van llevando a un mundo que no es del todo tangible, que no es del todo concreto.  Como cuando recordamos y vamos reviviendo imagen a imagen, los momentos vividos. Sin saber con precisión, si pasó aquello tal como se recuerda.

 

Los cuerpos van y vienen suavemente en el espacio, de un lado a otro, de arriba abajo, hay contactos y miradas sutiles, como si el aquella psique introspectante, al ir explorando hacia adentro, no quisiera perderse y fuera trazando marcas, imagen tras imagen, memoria tras memoria, dejando un rastro  hacia el consciente, para  no perderse, para regresar. La música, una especie de heavy metal meditativo, envuelve la atmosfera que los cuerpos y el movimiento van creando en el espacio.

 

Súbitamente un shock, una luz súbita, un impacto que desestabiliza. Los cuerpos y el espacio se agitan. Extrañeza, curiosidad los y nos envuelve, nos movemos juntos. No sabemos hacia a donde nos lleva está sensación. Un dueto se separa sutilmente del grupo, su movimiento es incisivo, pero no violento, el grupo contrasta en unisonó lento; unos y otros mantienen relación proxémica y gestual: el, grupo (los cuatro cuerpos restantantes) contienen a los primeros (la pareja en dueto); como un recipiente que contiene un poco de agua, como la consciencia contiene las memorias. Regresa  la calma, un paneo lento de las mirada de los intérpretes, de nuevo nos miran, cómo diciendo ¿No es así? ¿Acaso no te pasa igual? La mirada abre el espacio incluyendo el lugar de los espectadores. Nos envuelven, nos cuestionan, nos abrazan.  

 

Un respiro y un cambio de luz. Nos dan una ligera pausa, si bien, los bailarines no llegan a la inmovilidad, quedan casi quietos y nos regalan un suspiro. Atrás, la luz azul, nos da la sensación de a haber llegado a un puerto calmo de la consciencia, donde el agua es tranquila y amigable, dónde todo es quietud y nos invita a simplemente estar. En cuestión de segundos, uno a uno, los cuerpos comienzan a sacudirse, se agitan. Una transición musical  en crescendo acompaña el momento y la agitación de los cuerpos, también en crescendo. Todo hacia adentro se explota, el agua mansa estalla en marea.  El momento de calma que lo antecedió pareciera mera ilusión.

 

Los intérpretes al unisonó, estallan en un movimiento violento, respiración agitada, movimiento que se repite una y otra vez. De un lado de otro, armónicamente se expanden y se contraen en el espacio, como un pulmón al inhalar y exhalar en una respiración amplia, forzada que llega a la guturación, sonido del aire que se produce al espirar por la boca que se mezcla con la música, y que algo  quiere expresar, liberar, dejar fluir. De nuevo una mirada, esta vez más breve, y quizá suplicante,  ¿Qué dice: “ayuda” “socorro”? El unisonó se va desarticulando, los cuerpos caen al tiempo que la música se serena, todo es caos. 

 

Paulatinamente  los bailarines se reincorporan. La imagen se parece a la del inicio. La luz es sobria y tibia. Ellos se miran. Y el gran ojo que nos mira y se mueve, es más amplio. Parece dilatado. Todo es calma, la música continua en el fondo, ahora se siente como un arrullo. Como gotas de agua que brotan del lagrimal, uno a uno, los cuerpos salen del escenario. La imagen me recuerda a la del inicio, pero se siente algo distinto en el espacio. Algo cambió, quizá ellos, quizá nosotros.

 

No es mi intención realizar una crítica sobre la obra, sino compartir un viaje, compartir una experiencia. Es un intento de traducir a las palabras una vivencia. Para ello me vi obligado a dividir los aspectos de un todo, para poder discernir y reflexionar sobre lo vivido en “Desensibilización y Reprocesamiento”.  Ya que una obra escénica es un arte vivo, es mejor vivirlo. Vivirlo como un todo. La escena cobra vida, cuando el conjunto de los elementos que la componen, que bien podríamos decir, armónicas o bien instrumentadas, va más allá de la suma de ellas, sino que trasciende al cuerpo, la mente y el alma del espectador. 

 

Debray (1994) al hablar de la imagen, expresa “pensar la imagen supone un primer lugar, no confundir pensamiento y lenguaje, pues la imagen hace  pensar por medios que no son una combinatoria de signos”. La pieza de Mancillas, mantiene el balance entre la abstracción que implica el lenguaje de la danza y la capacidad de transmisión simbólica. Podría decirse que “transmite, más que lo que comunica” (Debray, 1994). Logra de manera justa, “decir” al espectador, sin “hablarle” sin ser literal y comunicativa, logra transmitir ideas y emociones a través de la experiencia sensible de la escena. Logra construir un puente, entre el constructo material del hecho escénico y el cuerpo y la mente del espectador, a la identidad sensible y suprasensible de su ser, y que en términos platónicos, el cultivo de ésta última, es el camino de la purificación del alma.

 

 

 

 

 

 

 

Referencia Bibliográfica

Regis Debray, Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada de Occidente. 1994,Argentina PAIDOS (versión digital). Recuperada en: https://monoskop.org/images/d/d4/Debray_Regis_Vida_y_Muerte_de_la_Imagen.pdf

(14/12/2017)

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