La memoria hecha cenizas, cenizas el olvido

26/05/2017

 

El lunes 29 de mayo se presentó la obra "Cenizas", de Ángel Norzagaray, en el marco de la XXI edición del Festival Universitario de Teatro (FUT). Un poema escénico, imágenes y palabras que construyen un mundo tan propio del autor que lo sentimos nuestro. Empieza como un collage de frases e imágenes, aparentemente sueltas, que poco a poco se van integrando para dar forma a tres historias, dos de ellas entrelazadas y una más que, aunque no afecta directamente a las otras dos, es parte del mismo contexto, situadas en una zona agrícola marginal de Sinaloa.

En la historia central, la que sirve de eje, está una pareja, él un jornalero, ella una ama de casa del rancho. Interpretados por Felipe Tututi y Terezina Vital, a la pareja se les ha enfermado el menor de cinco hijos. No tienen para pagar las medicinas. El ingeniero Mario, jefe del jornalero, no le presta dinero, pide que mejor le venda su bicicleta. Pero este se niega porque con la bicicleta va al trabajo y si no trabaja no hay dinero. Lo dejan morir para poder sacar adelante a los otros cuatro, para que estos puedan vivir. Su mujer, ante el dolor de la pérdida, incinera el cadáver del bebé de apenas unos meses en su horno de piedra. A partir de ahí toma la costumbre de comerse las cenizas del cigarro. La culpa obsesiva va consumiendo al jornalero, sobre cuando se da cuenta de que el sacrificio fue en vano, pues a sus otros hijos se los desaparecen tiempo después, en estas luchas del ejército contra el narco, donde paradójicamente maleantes y militares son lo mismo. Termina convirtiéndose (literalmente) en cenizas ante la desesperación y la culpa.

En la otra historia, el ingeniero Mario, interpretado por Javier Guardado, ha regresado a su pueblo de origen después de haber estudiado en la universidad. Es el único que ha estudiado y su madre lo presume a todo mundo como su hijo el ingeniero. Sin embargo, él se siente que ha fracasado en su regreso. Su autoestima se ve minada por las habladurías de la gente. Tanto así que le infunden la sospecha de que su esposa, interpretada por Mónica López, lo engaña. Una noche no puede más con esta obsesión y mata al que él sospechaba que lo había hecho cornudo, un "chivo, chivón". Se deshace del cadáver incinerándolo y vierte las cenizas sobre su esposa, a quien golpea, desnuda y saca a la calle como escarmiento vergonzante para limpiar su honor.

La tercera historia la cuenta un tipo de 55 años que nunca dice su nombre, interpretado por el propio Norzagaray, y que cuenta la historia de su tío (Albeto Oblea). Un tipo baquetón, simpático y mentiroso, que gusta de contarle inverosímiles historias a su sobrino, quien lo cree todo. Como aquella en que llegó a un pueblo donde todos hablaban en verso, y que no era la gente, sino el pueblo el que hacía que todos fuera poetas. De ahí que le dio por expresar sus "sabias" opiniones en verso. El tío está obsesionado con la posteridad y ensaya sus últimas palabras para que sean célebres y trascender así en la historia. Sin embargo, esto no sucede, y cuando la muerte lo sorprende con un ataque cardiaco fulminante a los treinta y tantos años, solo atina a decir "ya me cargó la verga".

Hay una cuarta historia que no sucede en la escena, pero que es importante dentro de ese mundo. Una historia que cuentan estos habitantes. "El Chacho" era el que le pagaba la raya a los trabajadores de la siembra. Y quienes pedían prestado, decían "te pago cuando venga el Chacho". Cierto día, tras un accidente, "el Chacho" no llegó. Así que queda en la memoria de los habitantes la referencia como un chiste: "Te pago cuando venga el Chacho" como un "no tengo intención de pagarte".

Al final de la obra, el autor, ya fuera de personaje, habla con el público unas breves palabras: "Esto es lo que está ocurriendo ahora en México", en clara referencia a las cenizas que México se está haciendo a causa de la corrupción y la violencia. Quizás por su condición de gran maestro tuvo la necesidad de dar la lección al final de la obra. Pero es donde el autor se equivoca. No necesitamos que nos muestre los problemas que México tiene en este momento. Somos perfectamente capaces de darnos cuenta. Nos basta abrir las hojas y los ojos, nos basta cruzar el marco de la puerta o la pantalla del monitor (que es otra puerta) para ver lo que ocurre en el país.

Lo siento, maestro, su obra lo ha rebasado. Pues la alta poesía con la que la ha construido va mucho más allá de lo que usted explica. Su explicación de la obra se ha quedad corta ante la obra misma, ella es más grande de lo que usted ha pensado y va más allá de la inmediatez de la problemática actual. La obra nos revela otras cosas.

La memoria que nos consume hasta volvernos cenizas. La memoria de un México histórico que lleva la derrota en su ADN. La derrota de la conquista y otras guerras, del dominio que otros países y organismos internacionales tiene sobre nosotros. Esta derrota que nos hace ser derrotistas incluso en eventos deportivos: "jugamos como nunca, perdimos como siempre". La obsesión de la culpa nos ha hecho cenizas como a estos personajes. La culpa impuesta por la fe, la fe impuesta por el otro, el que nos derrotó. Así como todos estos personajes han sido derrotados por la culpa.

Aunque el ingeniero se haya superado como México durante el porifiriato y el "milagro mexicano", seguimos sintiéndonos fracasados e inseguros. Por más que presumamos nuestros logros, regresamos siempre a la misma tierra del desamparo. Queremos asesinar nuestras inseguridades y culpar a alguien para cubrirlo con las cenizas de nuestra vergüenza, como el ingeniero a quien supuestamente lo hacía cornudo. Queremos convertir nuestra memoria en cenizas para desaparecer la vergüenza.

La desaparición de los cuerpos hechos cenizas nos vuelve adictos al dolor del recuerdo. México es un país que atesora sus fracasos y por lo tanto sus cenizas. Como esta mujer que saborea las cenizas de su cigarro, saboreamos el dolor, igual que en una canción de José José. Porque, como ella, vimos al hijo morir y no buscamos solución, solo nos quedamos acompañándolo mientras la vida se desvanecía. Y ya muerto, fingimos que no pasaba nada, fingimos que estaba dormido como en una canción de José Alfredo.

Este México que atesora sus tragedias en forma de chistes. Así como "te pago cuando venga el Chacho", enfrentamos el dolor con un chiste y a través de él perpetuamos la memoria de la tragedia, como en el temblor de 1985 o la explosión de San Juanico, y muchas otras. La risa como un recurso mnemotécnico.

Y tenemos miedo al olvido como el tío. Nuestra historia, artes y letras buscan la inmortalidad, buscan la memoria hecha cenizas. Sin embargo, los intelectuales y poetas, cuando nos enfrentamos con lo terrible de la realidad, sólo atinamos a decir "ya nos cargó la verga". Le tenemos, como nación, pavor a las cenizas del olvido. Este México que habla en poesía, desde el sureste hasta el noroeste, somos tierra que nos obliga a hablar en verso. La sabiduría popular se acumula en verso y la palabra, que es eterna, mira hacia la posteridad, la ambiciona, la desea. Pero, víctimas de nuestro sino de fracaso, cuando la realidad nos rebasa, se va la poesía y solamente podemos gritar que ya nos cargó la verga.

"Cenizas" es quizá una obra maestra. Y por eso, maestro, déjela que hable ella misma, no le imponga sus palabras, que es más rica de lo que usted supone. No la ate a su intencionalidad, no le corte sus alas con una explicación. Que estos son apenas unos primeros apuntes de todo lo que esta obra nos puede revelar. Que la memoria nos reduce a cenizas, y de cenizas está hecho el olvido.

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